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Parejas solteras, os estáis perdiendo lo mejor

26 de Agosto del 2026 - José Pedro Sancho Martínez

Hay cosas que solo se pueden descubrir una vez. Y quizá el amor sea una de ellas.

Lo digo desde una experiencia personal que comenzó hace muchos años, cuando estudiaba con un pequeño grupo de compañeros. Nos reuníamos para estudiar juntos y aprovechar las capacidades de cada uno. Fueron años de trabajo intenso, pero también de amistad y de conversaciones que, en los descansos, nos llevaban por caminos muy distintos de los apuntes y los exámenes.

A finales de los años sesenta comenzaba a extenderse lo que se llamó la «liberación sexual». Para muchos jóvenes significaba, sencillamente, que las relaciones sexuales dejaban de estar reservadas para el matrimonio. Incluso la novia, aunque considerada «sagrada», podía convivir en el pensamiento de algunos con otras relaciones ocasionales.

Recuerdo aquellas conversaciones entre tres o cuatro compañeros. Hablábamos de quién mantenía relaciones sexuales y quién no. Algunos lo contaban con naturalidad; otros preferían no manifestarse. Y alguno defendía claramente que esas relaciones eran contrarias a sus convicciones cristianas y que prefería esperar al matrimonio.

No faltaban, por supuesto, los comentarios sobre determinadas chicas a las que se consideraba «fáciles». Eran conversaciones propias de aquella época y de aquella edad, pero vistas desde hoy me hacen pensar en algo que entonces quizá no comprendíamos del todo: detrás de aquellas palabras estábamos hablando de personas.

Yo había elegido otro camino. Tenía una novia de la que estaba profundamente enamorado y los dos compartíamos la idea de reservar nuestra intimidad para el matrimonio.

No sé qué felicidad añadieron a sus vidas aquellas experiencias prematrimoniales quienes las tuvieron. Algunos de mis compañeros nunca presumieron de ellas; otros las recordaban años después con una sonrisa. Incluso alguno justificaba aquella conducta diciendo que respetar a las «chicas decentes» no impedía aprovecharse de las que no lo eran.

Pero yo descubrí otra cosa.

Descubrí a mi mujer.

Y descubrir a una persona amada dentro del matrimonio es algo que difícilmente puede compararse con la acumulación de experiencias anteriores. Hay una emoción especial en descubrir poco a poco a quien has elegido para compartir la vida, el cuerpo, las dificultades, las alegrías y, finalmente, los años.

No hablo solamente de sexo. Hablo de intimidad.

De esa intimidad que no consiste únicamente en conocerse físicamente, sino en llegar a conocer al otro profundamente: sus virtudes, sus defectos, sus miedos, sus ilusiones, sus silencios. Y hacerlo sabiendo que ambos han decidido permanecer juntos.

Ahí está, para mí, una de las grandes riquezas del matrimonio.

Por eso me cuesta aceptar que se presente como un simple anacronismo la decisión de llegar al matrimonio conservando esa intimidad para quien se convertirá en tu marido o tu mujer. No creo que sea una reliquia de una sociedad reprimida. Creo que puede ser, precisamente, una manera de proteger algo extraordinariamente valioso: la exclusividad de la entrega.

Hoy hemos conseguido que casi todo parezca provisional. También el amor.

Se habla de «parejas» como si el vínculo pudiera mantenerse mientras funcione y disolverse cuando deje de hacerlo. Se evita muchas veces la palabra matrimonio porque parece demasiado comprometida. Y los hijos, que durante siglos fueron considerados una consecuencia natural del amor y de la familia, se convierten cada vez más en una decisión que se aplaza o directamente se descarta.

Naturalmente, no todos los matrimonios tienen éxito y no todas las parejas casadas permanecen unidas. Sería absurdo negarlo. Pero tampoco podemos ignorar que la estabilidad de la familia importa, y mucho, para quienes nacen dentro de ella.

Un niño no necesita solamente que sus padres le quieran hoy. Necesita, en la medida de lo posible, sentir que ese amor no depende de las circunstancias y que existe un hogar al que pertenece.

La familia ha sido durante generaciones uno de los pilares de nuestra sociedad. Cuando ese pilar se debilita, algo más que la vida privada de las personas termina afectado.

Y aquí llego a lo que quizá resulte más políticamente incorrecto.

No creo que todo esto deba ser despachado diciendo que son ideas antiguas, propias de una moral cristiana conservadora que ya no tiene lugar en el mundo moderno.

Porque una sociedad puede cambiar sus costumbres y, sin embargo, seguir necesitando respuestas a las mismas preguntas de siempre:

¿Qué significa amar?

¿Qué significa entregarse a otra persona?

¿Qué responsabilidad tenemos con los hijos que traemos al mundo?

¿Y qué diferencia existe entre querer a alguien y comprometerse con alguien?

Vivimos, además, en tiempos de posverdad. Curiosamente, mientras nos dicen que debemos cuestionarlo todo, algunas de las viejas verdades que sostenían la vida familiar han pasado a considerarse poco menos que prejuicios.

Quizá deberíamos volver a pensar.

No para regresar al pasado, sino para preguntarnos si todo lo que hemos dejado atrás era realmente una equivocación.

Yo, al menos, tengo una certeza después de toda una vida: esperar mereció la pena.

Porque cuando finalmente llegó el momento de descubrir a la mujer con la que iba a compartir mi vida, no sentí que hubiera perdido experiencias.

Sentí que estaba empezando a ganar la más importante de todas.

Por eso, a quienes hoy viven en pareja y han decidido que el matrimonio es innecesario, solo puedo decirles, desde mi experiencia y sin pretender imponerles nada:

Quizá creáis que no necesitáis el matrimonio.

Quizá penséis que esperar no tiene sentido.

Quizá creáis que ya habéis descubierto todo lo importante.

Pero puede que os estéis perdiendo lo mejor.

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