Una enfermedad común
Así como quien se escuda en su enfermedad, él no buscaba explicación alguna para su comportamiento, sino que lo aceptaba. Las inquietudes que en un inicio solo lo atormentaban, ahora lo consumían. Sabía que estas secuelas permanecerían toda la vida, porque eran el resultado de su mente cuando se retorcía.
Esta enfermedad que él sufría, algunos la denominaron tristeza, otros la llamaron ira; era una fuerza intensa que lo debilitaba sin darse cuenta, una sombra que lo seguía.
En sus peores días, tenía dificultades para entender lo que los demás le decían. Trataba de fingir conformidad con las palabras que escuchaba, pensando que así las personas le querrían.
Pero con la edad empezó a experimentar una inexplicable mejoría. Cuando la fiebre se disipaba y los síntomas remitían, sus impulsos se entrelazaban con sus ideas, que dejaban entrever la capacidad para comprender que aún poseía.
Aquellos que lo conocieron lo consideraban una persona diferente, alguien con quien querías estar porque te engañaba con su interés aparente.
Te escuchaba con atención y te miraba fijamente cuando hablabas, para hacerte sentir bien escuchándote como si guardase tus palabras.
Pero en realidad todos sabían que él mentía, que en el fondo estaba enfermo, aunque no lo decía. No podías evitar ver cómo la angustia crecía dentro de él hasta alterar su mirada y deshacer su sonrisa.
Yo no quería que se alejara de mí, temía que me considerara una enemiga, por preocuparme por él e insistir en cuidarle hasta que se rendía. Conocía todos sus pasos, me guiaba por el ritmo de sus pisadas y buscaba en él la lucidez que a mí me faltaba. La enfermedad que él experimentaba era complementaria con la mía, él lloraba por ser consciente de las tragedias que ocurrían; mientras que yo vivía feliz siendo ignorante de las desgracias que otros sufrían.
Vi cómo con el tiempo terminó cediendo, fue al médico para que le suministraran pastillas. El tratamiento le haría mejorar, o por lo menos eso era lo que siempre nos decían. Después de unas semanas, se eliminó cada gota de dolor existente, dejándolo aturdido y siempre ausente. Ahora solo lloraba porque no sentía, su cuerpo enfermo ya no se lo permitía; así que empezó a fumar todos los días, para comprobar si el humo le devolvería el dolor que era suyo por derecho, que le correspondía.
Había algo en él que quería huir hacia otra vida, y se desesperaba pensando si ese día llegaría. Por eso, en un fugaz impulso de valentía, tomó de golpe esos medicamentos que tanto bien le hacían, para al fin sentir algo y notar como se desvanecía. Y aunque sus miedos ya no existían, ahí estaba el silencio presente en medio de esa imagen sombría. Una figura tumbada con las manos vacías, sin nadie a quien agarrarse mientras su cuerpo se adormecía.
Así fue como murió en una habitación llena de fotografías de personas que sabían quién era, que lo conocían. Pero a pesar de que a muchos los veía cada día, ninguna lágrima fue derramada por aquellos que tanto lo querían.
Deseo dedicar estar palabras inspiradas en historias contadas y experiencias vividas, a todos aquellos que durmieron sin saber si al día siguiente despertarían.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

