Las verdades de Perogrullo
En estos días de mucho calor nos recomiendan utilizar lo que se llama "ventilación cruzada", que consiste en abrir dos ventanas opuestas para que, por la diferencia de presión, el aire fresco entre por una ventana y haga salir el aire caliente y viciado por la otra.
Este método, que ahora llaman "ventilación cruzada" como si fuera una gran novedad, desde siempre se llamó simplemente "abrir las ventanas". Cuando llegaba tu madre a la habitación, te decía:
-Venga, despierta, levántate y abre la ventana, que aquí huele a muerto.
Yo no sabía a qué olían los muertos, pero le hacía caso y ya teníamos" ventilación cruzada" en la casa.
En la casa del vecino faltaban unos cuantos cristales en las ventanas y, por tanto, tenía "ventilación cruzada" todo el año. O sea que, a veces, es mejor tener menos cosas para tener más comodidad en la vida.
Es todo muy raro. Nos rodeamos de cosas que después tenemos que desechar o que, en realidad, no necesitamos.
Os cuento una cosa: yo tengo un Daster desde hace nueve años. Ya lo había utilizado durante dos años para trabajar antes de jubilarme y no tiene aire acondicionado, pero no lo necesito. Bajo las ventanillas y ya tengo "ventilación cruzada" todo el año.
En mi casa teníamos dos desvanes separados por un tabique de piedra, a los cuales se subía con una escalera de mano, que se intercambiaba de desván en desván llevándola al hombro, según necesitaras subir a uno u a otro.
El desván, para mí, era como un refugio en el cual me sentía protegido y a salvo de cualquier amenaza.
Los dos desvanes no tenían luz eléctrica y solamente una poca de luz natural se filtraba por los agujeros que quedaban entre las "louxas".
A los pocos minutos de subir a ellos, los ojos se acostumbraban a la oscuridad y ya podías distinguir formas borrosas que semejaban amigos y enemigos imaginarios.
Cuando yo quería esconderme de algún enemigo, subía sin que nadie me viese, sin hacer ruido y me estaba quieto, sin responder a las llamadas de mi padre. Más de una vez me dormía y, cuando despertaba la noche me envolvía como si fuese un jersey de lana de cuello subido, acentuando la oscuridad de la estancia.
A veces, los ratones pasaban a mi lado buscando alimento, y yo me quedaba quieto, mirando cómo se movían entre los sacos de trigo y comían los granos desperdigados en los huecos que dejaban entre sí las tablas de madera.
Si hubiéramos tenido luz en los desvanes, yo no podría esconderme de enemigos imaginarios y los ratones no aparecerían. O sea, que es mejor tener menos cosas en esta vida para disfrutar más de ella.
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