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Un olvidado espía

30 de Agosto del 2026 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

La que luego sería mi mujer pasó aquel verano de 1974 en Adhurst St Mary, una imponente mansión propiedad de la familia Bonham-Carter, situada cerca de Petersfield en Hampshire.

Vivían allí Sir Alan Lubbock (1897-1990) y Lady Helen Mary Bonham-Carter (1896-1987); los cuales queriendo tener a dos jóvenes extranjeras con buen nivel de inglés para que les hicieran compañía, solicitaron a una agencia de colocación en Londres que las contratara. Lo que ofrecían a cambio era un cierto estipendio para gastos y un alojamiento privado para ellas en una especie de torreón de la mansión. Llegaron allí una joven francesa y la que luego sería mi mujer. Lady Mary, por la mañana, les enseñaba costumbres y aspectos típicos tanto de de una mansión inglesa, como de los jardines colindantes con un frondoso bosque de caza inglés. Por las tardes era Sir Alan quien les daba perfeccionamiento de inglés en la biblioteca.

Durante años, después de casados, cada vez que veíamos en una película una de esas mansiones mi mujer revivía todo y me recordaba anécdotas de aquellos días. A finales de los años 90, después de una de esas películas, decidimos indagar por Internet. No fue fácil conseguir información, y descubrimos que Lady Mary y Sir Alan ya habían fallecido, que Adhurst St Mary, casi en ruinas, había sido vendida a un grupo hotelero. Pero además descubrimos algo que nos llamó poderosamente la atención: Sir Alan había sido agregado militar en la embajada británica en Madrid entre 1940 y 1945. Mi mujer no lo sospechaba, aunque sí sabía que Sir Alan había estado en España; pues, al saber que era asturiana, le había comentado que conocía Asturias por haber estado varias veces invitado a fiestas en Somao; aunque luego no le hubiese comentado más, salvo la belleza del pueblo y del entorno. Entonces le comenté a mi mujer: «Bueno... Agregado militar, Segunda Guerra Mundial y España: huele a espía». Y ahí dejamos de investigar.

Ya en la actualidad, el otro día, al recordar a mi mujer, decidí reabrir aquella investigación aprovechando las nuevas capacidades de Internet, y confirmé que el entonces comandante Lubbock había sido agente del MI9.

Lubbock había formado parte de la cúpula que dirigió operaciones secretas y humanitarias en suelo español colaborando con el agregado naval Alan Hillgarth (cerebro de las operaciones encubiertas en España como la famosa Operación Mincemeat o de "El hombre que nunca existió" en Huelva) y con Michael Creswell (encargado de las redes de evasión del MI9); y también colaboró el doctor de la embajada: Eduardo Martínez Alonso. La labor sobre el terreno más destacada de Lubbock, fue la evacuación masiva del Campo de Concentración franquista de Miranda de Ebro (equiparada por la memoria histórica e historiadores como una gran fuga colectiva).

En dicho campo estaban hambrientos, hacinados y cubiertos de piojos, los prisioneros que habían cruzado los Pirineos. En su mayoría eran judíos, soldados polacos y pilotos aliados. Entonces Lubbock y el doctor Martínez idearon algo que comenzó en enero de 1943 con una huelga de hambre de los polacos, para que luego pudieran simular y exagerar la aparición de un brote ficticio de tifus que, dada la debilidad y el hacinamiento, era muy peligroso.

Aterrorizadas las autoridades españolas por si la epidemia se propagara fuera del campo, y temiendo la repercusión internacional por las malas condiciones del campo, cedieron a autorizar que ambulancias de la Cruz Roja Española evacuaran a los supuestos enfermos diagnosticados por el doctor fuera del campo. Esa estratagema les permitió llevarlos hasta zonas seguras (clínicas o balnearios semiabandonados) y así poder organizar su posterior fuga: o bien por Gibraltar o por los puertos pesqueros del norte como San Esteban de Pravia, en donde embarcaban como pescadores en barcas que los acercaban hasta otras barcas inglesas o irlandesas. Ya podemos deducir cuales fueron algunas de las gestiones de Sir Alan Lubbock en Somao.

La alta burguesía de Somao protectora de Sir Alan y las autoridades franquistas, de enterarse, disimularon como si no y dejaron hacer. Eso sí, vigilaron que todo fuese con la discreción necesaria para que no se enterasen los nazis.

Historias como esta nos demuestran que hay aún una memoria histórica por recordar; que a veces las personas más extraordinarias y los héroes de guerra, se esconden tras la apariencia de un anciano que da clases de perfeccionamiento de inglés a dos jóvenes extranjeras en la biblioteca de su gran mansión inglesa.

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