La piel que nos dejamos
En un hospital podemos medir el trabajo de un profesional en horas, turnos, protocolos cumplidos o tareas realizadas. O podemos intentar hacerlo, valorando su verdadera dimensión, en algo mucho más difícil de cuantificar que son las personas que uno ha cuidado y la huella que ha dejado en ellas y en los compañeros con los que ha compartido el camino.
Trabajar en una Unidad de Ictus no es sencillo. Detrás de cada monitor, cada escala, cada alarma y cada protocolo hay una historia que, de repente, se ha detenido. Un ictus irrumpe en la vida de una persona con una violencia atroz. Alguien que ayer caminaba, hablaba, trabajaba o cuidaba de los suyos hoy se encuentra ante la incertidumbre de una discapacidad aguda, y, en ocasiones, ante la certeza dolorosa de que su vida ya no volverá a ser la misma.
A esto se suma un trabajo exigente, marcado por la necesidad de reaccionar con rapidez, por la presión asistencial, por protocolos que cambian al ritmo de una medicina cada vez más compleja, y, por una tecnología que, siendo imprescindible, paradójicamente consigue que sepamos más sobre el estado del paciente y veamos cada vez menos a la persona. Ambientes laborales que no siempre son los mejores, compañeros sometidos a estrés, formas que no siempre son correctas, cansancio acumulado...
Y, en medio de todo eso, personas que recuerdan el porqué, que ejemplifican una palabra que utilizamos mucho y que pocas veces sabemos definir... compromiso.
La enfermera que se jubila pertenece a esa clase de personas. A las que tratan con cariño a un paciente cuando probablemente está viviendo uno de los peores momentos de su vida. A las que no necesitan grandes discursos para humanizar una habitación. A las que entienden que detrás de una hemiplejia, una afasia o una disfagia "solamente" hay una persona asustada cuya vida acaba de cambiar.
Pertenecen a esa clase, mucho más difícil de encontrar, de personas que facilitan. Que ayudan. Que hacen más sencillo el trabajo de los demás en lugar de complicarlo. Que, incluso cuando su propia vida fuera del hospital no es siempre fácil, consiguen llegar a una habitación y ofrecer a quien tienen delante algo que no aparece en ningún protocolo, la serenidad.
Quizá algunos lo llamarían mantener la fe... en las personas, en el sentido de lo que hacemos, en que todavía merece la pena cuidar. Y lo verdaderamente genial es que no solo la mantienen, la contagian.
Sin embargo, el sistema está diseñado para que la jubilación sea un trámite. Un día llega la fecha. Se deja el puesto. Se entrega la identificación, el uniforme, las llaves de la taquilla. El hospital recoge aquello que administrativamente le pertenece y otra persona ocupa el lugar que dejamos. Es lógico. Es necesario. Show must go on.
Pero alguien dijo que hay algo que el sistema no ha previsto cómo devolver. La piel. Algunos se la han dejado en cada turno difícil, en cada paciente que necesitó un poco más de paciencia, en cada familia que necesitó una explicación, en cada compañero al que facilitaron el trabajo. Eso no se devuelve.
Por eso, con Claudia no solo se jubila una enfermera, se marcha una manera de entender el cuidado. Se marcha parte de la memoria de una unidad. Y quienes permanecemos tendremos que seguir trabajando sin olvidar que, antes que nosotros, hubo personas que sostuvieron este lugar.
Quizá la mejor despedida es reconocer que, en un lugar donde tantas veces nos enfrentamos a la desgracia, al miedo, a la discapacidad y al sufrimiento, hubo alguien que decidió seguir viendo personas. Y eso, en una Unidad de Ictus, es una forma de curar.
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