El dilema del socialista de bien
Los partidos políticos no son más que el reflejo de la propia sociedad. En todos ellos hay buenas personas, malas personas, gente cuyo único objetivo es vivir de la política y gente que se mueve exclusivamente por su vocación de servicio a la sociedad.
Quiero centrarme ahora en los sentimientos y sensaciones que deben de embargar a aquellos socialistas que son buenas personas, que los hay, y muchos, y a aquellos que actúan por su compromiso de servicio a la sociedad, como militantes o cargos públicos. En los otros, las malas personas, o los que ven la política como una mera fuente de sustento, no merece la pena detenerse ni un segundo.
Y digo todo esto porque, después de estos ocho largos años en los que Sánchez lleva asentado en la Moncloa, por sus gargantas han pasado sapos cada vez más grandes:
Han tenido que tragar con una amnistía vergonzante a unos delincuentes que trataron de subvertir el orden constitucional de nuestro país tratando de violentar la integridad territorial y política. Una amnistía motivada, no por un ánimo de concordia, sino por la necesidad de unos votos imprescindibles para lograr un Gobierno que las urnas no le habían dado.
Han tenido que tragar con los continuos chantajes que esos mismos delincuentes amnistiados le han venido haciendo periódicamente a su Gobierno mientras blandían sobre su cabeza la "espada de Damocles" de su apoyo.
Han tenido que tragar con la imagen de su ministro de Transportes y secretario general del partido, aquel que desde la tribuna del Congreso afeaba la corrupción del Partido Popular durante la moción de censura que los llevó al poder, desfilar primero por los juzgados para después ser encarcelado y posteriormente sentenciado a una larga condena por graves delitos de corrupción envueltos en sucios episodios de prostitución y orgías desenfrenadas en aquellos tiempos en los que mantenían a la ciudadanía confinada en sus casas por el mortal virus covid-19.
Han tenido que tragar con el encarcelamiento del siguiente secretario general de su partido, acusado de gravísimos delitos del corrupción relacionada con la contratación pública, aquel que actuó de interlocutor con aquel que desde Waterloo, con sus votos, pero también con su desprecio, ha mantenido a Sánchez en la Moncloa durante todo este tiempo.
Han tenido que tragar con los comportamientos vergonzosos de la familia del propio presidente, aprovechándose groseramente, lo delictivo en el caso de su esposa está aún por ver, de la poderosa influencia de pertenecer a la familia del presidente del Gobierno de España.
Han tenido que tragar con la demolición social y política de su "líder moral", el expresidente Zapatero, que mientras sermoneaba sobre la humildad y generosidad que se le supone a todo socialista, traficaba influencias de aquí para allá, mientras guardaba celosamente un tesoro de joyas propias de una familia real, sin duda de siniestro y delictivo origen.
Y después de todo esto, ahora les piden que traguen con la inacción y la parálisis que están demostrando ante una agresión realizada, ya sin duda a la vista de los últimos informes policiales, por la satrapía marroquí, que atenta contra la integridad territorial de España y que tiene sumidos en un verdadero infierno a aquellos españoles, tan españoles como cualquier otro, que viven en Ceuta.
Y yo les pregunto a esos militantes y simpatizantes socialistas de bien que siguen apoyando contra viento y marea a este Gobierno: ¿su conciencia les permite dormir? Ustedes, que trabajan ganándose el pan dignamente para alimentar a sus familias, ¿cómo soportan lo de Ábalos? ¿Lo de las joyas de Zapatero? ¿Las trafullas de Cerdán? ¿El que ahora les pidan que se queden en casa cuando Ceuta nos pide que les apoyemos? ¿De verdad les merece la pena?
Son preguntas que deberían hacerse porque, por encima del sentimiento de pertenencia a un partido, a una ideas políticas, están la dignidad y la decencia individual de cada uno de nosotros y es algo que en ningún caso deberían arriesgarse a perder.
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