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Pedro López, O. P. (In memoriam)

2 de Septiembre del 2026 - Julio Díaz Díaz (SANTANDER)

El pasado día 31 de agosto falleció Pedro López, O. P., en la ciudad de León. Vinculado durante casi 50 años al colegio y convento de Santo Domingo de Oviedo, para los jóvenes colegiales de finales de los años sesenta su figura permanece asociada a lo que entonces se consideraba auténtico rigor y disciplina en el aula. En aquella lejana época -chusco de pan y onza de chocolate, cine dominical en Educación y Descanso, ejercicios espirituales en Caldas del Besaya-, el silbato y la mirada implacable del entonces rector no admitían apelación. Él mismo era un hombre extraordinariamente autoexigente y estricto en su comportamiento: al alba, rezos y recogimiento en la celda, misa matutina en las Dominicas, presencia efectiva en la vida conventual y colegial. El ascenso "meteórico" y "a paso de carga" del P. Pedro por la calle Campomanes (según glosaba Gracia Noriega) casi parecía un ciclón en blanco y negro, por el movimiento compulsivo que imprimía al hábito y la capa.

El aula era otra cosa. La lengua griega nos llegaba de la mano de un hombre detallista y entregado por completo a su tarea docente; aquella letra milimétrica, semigótica, filiforme, parecía un prodigio de amanuense. Los textos en griego ilustraban una concepción del mundo a través de personajes y mitos imperecederos: las colosales conquistas de Alejandro Magno, la zafiedad y pequeñez de su padre ("O Philippós, o barbarós"), la metódica dignidad de Sócrates, las proezas de Jenofonte hasta alcanzar el mar ("Thalata, thalata!")...

Yo tuve la fortuna de visitar, en sus últimos años, al veterano freire cántabro en su refugio de la Virgen del Camino. Entonces se me aparecía como un anciano afable y menesteroso, lejos de la aspereza y severidad de otro tiempo. Hasta no hace demasiado, me preguntaba y se interesaba por los antiguos alumnos. Mantuvo su fe y creencias hasta el final, y rezaba por cada fallecido con hondura y convicción. El rigor en su vida personal seguía intacto; nunca le vi desprovisto del hábito dominicano. Quizá sirva para ilustrar su vida la sentencia de Aristóteles: "Somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito".

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