De armaduras y selfies
Salía de fiesta por mi Valladolid con mis amigas de mediana edad. Sentadas -que ya el cuerpo pide otra cosa- tomábamos algo y charlábamos despreocupadas, viendo el panorama.
Varias nos fijamos en las chicas de ahora, de entre los 20 y los 30 años. Preciosas, impecables, envueltas en una alarmante uniformidad que evoca el control de otras épocas.
Vimos el patrón y me vino a la cabeza la foto del selfie hecha con el móvil, en tal pose delante del espejo, todo calculado: la angulación de la cabeza, el gesto con los labios, la forma de mirar, el brazo del que cuelga el bolso, que se vea el tatuaje, la posición de la pierna... ¿Cuántas fotos borradas hasta llegar a la foto buena?
Inmediatamente pensé en nuestras fotos de la facultad. Esas que había que revelar, muchas borrosas o desenfocadas. Cantidad de ojos cerrados o entreabiertos, cabezas caídas o giradas, bocas abiertas a medio camino entre gritar «¡espera!» y colocar una sonrisa en el momento del disparo. Ahí no había perfección, tan solo la vida fluyendo.
Y, a pesar de todo, no hay diferencias. Nosotras y ellas mirando hacia fuera, aunque desde un punto de partida distinto.
Existe en muchas mujeres de mi generación una gran hiperresponsabilidad y necesidad de cuidado de los demás; una preocupante tendencia a cargar con todo o dar un poco más, que se convierte, a veces, en autoabandono, en crueldad autoinfligida. No salíamos perfectas en las fotos, pero hemos aprendido a buscar la perfección en nuestros actos.
Hemos perdido la capacidad de priorizarnos, pienso que por esa misma culpabilidad histórica a pensar en una misma, inculcada socialmente durante generaciones, al punto de enfermar cuando nos vemos suplicando por un hombro sobre el que reposar de puro agotamiento, por no haber sido capaces de quitarnos la armadura y mostrar nuestra vulnerabilidad.
Actualmente, en la era de las redes, se nos exige otra armadura: belleza, perfección, éxito. Nos despojamos de nuestra esencia, vendemos nuestra alma por la aprobación externa, de nuevo aceptando el riesgo de caer sin haber preparado a nuestro yo auténtico para recogernos y abrazarnos.
Vivamos hacia dentro. No desde el egoísmo, sino desde el autorrespeto, el autocuidado y el amor propio.
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