Una mujer feliz no necesita decirles a las demás cómo vivir
Una experiencia personal puede ser verdadera sin convertirse por ello en una verdad universal. Ese es, quizá, uno de los grandes errores de nuestro tiempo: contar cómo hemos vivido y terminar explicando cómo deberían vivir los demás.
Cuando se habla de la mujer, de sus derechos, sus renuncias o su jubilación, parece necesario colocar al hombre enfrente. Como si todas las mujeres hubieran vivido lo mismo, como si todos los hombres hubieran desempeñado el mismo papel y como si todas las parejas y familias hubieran tenido idénticas circunstancias.
Y no es así.
Cada mujer tiene su historia, sus deseos, sus frustraciones, sus decisiones y sus renuncias. Cada hombre también. Una mujer puede contar su experiencia, pero no convertirla en el modelo con el que juzgar la vida de las demás.
Hoy una mujer trabaja, tiene independencia económica y puede decidir sobre su vida. Hemos ganado libertad. Pero quizá también hemos perdido parte de una educación que hablaba de compromiso, responsabilidad, sacrificio, obligación moral y conciencia hacia el otro.
No todo lo anterior era justo. Pero tampoco todo lo actual es necesariamente mejor.
Antes había mujeres que soportaban situaciones por necesidad. Hoy pueden decidir. Y precisamente por eso resulta difícil entender que, cuando una vida no ha salido como se esperaba, la culpa tenga que recaer siempre sobre el hombre. No todo sueño incumplido fue arrebatado por alguien. A veces elegimos, a veces no pudimos y otras veces fueron simplemente las circunstancias.
Ahí está mi discrepancia con determinados discursos del feminismo actual: se critica un antiguo modelo de mujer para sustituirlo por otro que pretende ser igualmente universal.
No existe una única manera de ser mujer, de ser pareja ni de entender la felicidad.
Hay mujeres que quieren viajar, salir, recuperar aficiones y disfrutar de su jubilación. Otras encuentran su felicidad cuidando de sus hijos, nietos, padres o abuelos. Y hay hombres que hacen exactamente lo mismo. ¿Dónde está el problema?
La igualdad no consiste en conseguir que todos queramos lo mismo. Consiste en que nadie sea obligado a vivir contra su voluntad.
Pero la libertad tampoco significa vivir sin obligaciones. La vida no es un «viva la vida» permanente. Hay enfermedades, dificultades, contratiempos y momentos en los que necesitamos a los demás. Y resulta curioso que algunos discursos solo recuerden la existencia de los compromisos cuando son los demás quienes tienen que cumplirlos.
Si todo fuera jubilación, viajes, restaurantes y diversión, menuda juerga nos montaríamos. Pero no pida luego para sí lo que no está dispuesto a dar a los demás. Ese es, a mi juicio, el error conceptual de todo este discurso.
Cuidar, cocinar, limpiar, comprar o acompañar a un familiar pueden ser responsabilidades compartidas, pero también pueden ser actos de amor que alguien decide asumir libremente. Ayudar a quien quieres no convierte automáticamente en víctima a quien ayuda ni en culpable a quien recibe.
El problema aparece cuando empezamos a comparar vidas: ¿por qué aquella viaja y yo no?, ¿por qué aquel disfruta de su jubilación?, ¿por qué mi pareja no es como la suya?, ¿por qué otra mujer tiene una vida diferente?
Esa carrera no tiene meta.
Siempre habrá alguien con más dinero, más viajes, más tiempo, mejor pareja o más salud. Si medimos nuestra felicidad con la vida del que tenemos al lado, nunca tendremos suficiente.
Y tampoco tiene sentido pensar que todos debemos alcanzar las mismas cosas. Lo que hace feliz a una persona puede dejar indiferente a otra. Una puede ser feliz trabajando, otra viajando y otra cuidando de su familia. Una puede querer casarse y otra permanecer soltera. Una puede encontrar satisfacción en su jubilación y otra necesitar seguir activa.
Eso no es desigualdad. Eso es diversidad.
La vida no es una competición para conseguir la existencia de otro. Es una carrera corta en la que todos terminamos llegando al mismo sitio. Y cuando llegue ese momento, probablemente no nos acompañarán las vacaciones, los restaurantes ni las cosas que compramos, sino el recuerdo que dejamos en quienes nos quisieron y estuvieron a nuestro lado.
Por eso no creo que una vida valga menos porque alguien haya decidido cuidar de sus padres mientras otros viajaban. Ni que sea menos libre quien encuentra felicidad cuidando de sus nietos. Tampoco creo que haya que renunciar a los propios deseos: hay que vivir, disfrutar, viajar, salir y cultivar aficiones cuando se pueda.
Pero libertad no significa ausencia de compromiso.
Una sociedad que encuentra tiempo y dinero para llevar al perro de vacaciones mientras no encuentra tiempo para visitar a una madre o una abuela que necesita compañía debería preguntarse qué prioridades está construyendo.
No se trata del perro.
Se trata de nosotros.
De qué entendemos por familia, compromiso y felicidad.
Incluso en algo tan íntimo como el sexo ocurre lo mismo: uno puede autosatisfacerse, pero difícilmente es comparable con compartir deseo y placer con la persona que ama. Y esa persona, igual que la vida que cada uno quiere llevar, la eliges tú, no Irene, Belarra ni Conchi siquiera. Puede planchar o no hacerlo; puede cocinar o no. Lo importante es que lo decidan quienes comparten esa vida, no quienes pretenden decirles cómo deben vivirla.
Por eso no hagan un modelo de mujer a partir de lo que ustedes creen que debe ser. La felicidad no la determinan una jubilación, los viajes o un marido que cocine, ponga la lavadora y cuide de la familia.
La felicidad tampoco consiste en conseguir la vida de otra persona. Consiste en poder mirar la propia y reconocerla como nuestra, con sus aciertos, errores, sacrificios, renuncias y pequeñas victorias.
Así que vivan como quieran. Viajen, trabajen, jubílense, salgan, cuiden, no cuiden, cásense o permanezcan solteros.
Pero dejen de decirles a los demás cómo deben vivir.
Porque una mujer verdaderamente feliz no necesita que las demás vivan como ella para demostrar que ha elegido bien.
Y una sociedad libre no necesita un único modelo de felicidad.
Necesita personas libres para elegir el suyo, pero también lo bastante responsables para entender que, cuando vivimos con otros, no existen solo derechos: también existen obligaciones, afectos y compromisos.
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