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Después de nosotros

13 de Septiembre del 2026 - Sergio de Fuente Garrido (Alcorcón)

La Historia tiene una curiosa costumbre: llega siempre tarde. Cuando todo ha terminado, cuando quienes discutían ya no pueden defenderse y quienes mandaban han perdido incluso el privilegio de ser recordados, aparece ella, tranquila, con esa paciencia de funcionario que ya conoce el resultado del expediente.

No juzga. Ésa es quizá su mayor crueldad.

Nosotros, entretanto, vivimos convencidos de la excepcionalidad de nuestro presente. Cada generación cree asistir al capítulo decisivo, como si el mundo hubiese esperado precisamente su llegada para empezar a complicarse. Nos indignamos, discutimos, elegimos culpables y salvadores y, después, volvemos a casa satisfechos de haber cumplido con nuestro papel en la Historia.

Qué modestia la nuestra.

Olvidamos que antes de nosotros hubo otros. Recibimos una lengua que no inventamos, unas ciudades que no levantamos, unas leyes que no escribimos y una memoria que tampoco nos pertenece. Somos herederos antes que protagonistas.

El presente no empieza con nosotros.

Y tampoco terminará con nosotros.

Algún día seremos pasado. Quedarán nombres en registros, fotografías, expedientes y periódicos amarillentos. La mayoría desaparecerá sin dejar más rastro que una fecha. Otros serán recordados. Pero todos habremos dejado algo detrás: una decisión, una renuncia, una costumbre, una ley o un silencio.

Quienes vengan después contemplarán nuestro tiempo con una ventaja que nosotros no tenemos: la distancia.

Y quizá se pregunten qué defendimos, qué rechazamos y, sobre todo, qué dejamos pasar.

No encontrarán nuestras excusas.

Encontrarán las consecuencias.

Porque la Historia no conserva nuestras intenciones. Conserva nuestros hechos. En el presente siempre podemos explicar por qué hicimos algo; cuando llega la Historia, solo queda aquello que hicimos.

Por eso convendría recordar que ninguna generación posee el país que habita. Apenas lo recibe durante unos años antes de entregarlo, inevitablemente, a quienes todavía no han nacido.

Nos gusta hablar del futuro como de una promesa.

Tal vez deberíamos hablar de él como de una responsabilidad.

Mientras discutimos quién tiene razón, alguien que aún no existe recibirá las consecuencias de nuestras razones.

Nosotros creemos estar viviendo el presente.

Tal vez solo estemos redactando el pasado de alguien.

Y cuando ese alguien abra el libro, ya no estaremos allí para explicarnos.

Entonces será demasiado tarde para cambiar el relato.

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