Fray Pedro López López, el Padre Pedro
Tras mis inicios en el colegio de Santo Domingo con 4 años, es decir, en párvulos, bajo la tutela de Sor Celinda y de Sor Belinda, hasta mi salida del mismo tras cursar el Preuniversitario, tengo que agradecer a todos los que a lo largo de esos años, de una forma u otra, me han prodigado bienes de todas clases. He tenido la suerte de encontrar en el camino de mi vida profesores que con sus enseñanzas, con su ejemplo y con su aliento me han ayudado a seguir el rumbo correcto, a pesar de mis muchas deficiencias.
El Padre Fermín Álvarez, al que admiré, respeté y al final logré ser su amigo. Al fraile que más hizo por el deporte en el colegio, con equipos de fútbol, balonmano, atletismo,
baloncesto, etcétera, el que me inició en el patinaje y con el que se empezó a participar en competiciones oficiales en el deporte que más fama dio al colegio, el hockey
sobre patines. El Padre Basilio Cosmen, el fraile bueno y generoso al que todos apreciábamos y que acabó marchando a las misiones de los Dominicos en América.
El Padre Pedro, que me hizo el inmenso regalo de ser primero mi profesor de francés y más tarde haber sido su amigo. Este fraile genial al que admiré y respeté tenía una lúcida
inteligencia, era de carácter sincero, jovial, generoso, humilde, con su mirada clara te veía con bondadosa comprensión y ese toque que solo él sabía de escéptica ironía cargada de ternura. Era capaz de descubrir lo que casi nadie conocía y si lo consideraba positivo era generoso compartiéndolo para que lo disfrutásemos todos.
Hay dos anécdotas de su época como prior que definen su forma de ser, la primera de cuando el equipo juvenil de hockey, tras quedar campeón de Asturias y ganar la fase de
sector, se clasificó para la fase final del Campeonato de España, a jugar en Barcelona, y cuando menos lo esperaba me llama el P. Valdés y me dice que no nos dejan ir a
Barcelona pues en esas fechas eran los exámenes. Esa misma tarde, cuando estaba dirigiendo el entrenamiento del equipo, viene el Padre Pedro y, tras charlar un rato, me
pregunta que cómo veo al equipo. Mi respuesta fue inmediata: es muy buen equipo y puede llegar a jugar la final del campeonato. La cosa quedó ahí, y esa misma noche me llama el P. Valdés para decirme que nos dejan ir a Barcelona. Jugamos la final contra el
Barcelona y quedamos subcampeones de España.
La segunda anécdota, calcada a la anterior solo que esta vez la final se jugaba en Bilbao, y la misma situación: llamada del P. Valdés, entrenamiento normal al día siguiente y el P. Pedro que se acerca en mitad del entrenamiento a charlar conmigo y así, de pronto,
preguntarme cómo veía el equipo. La respuesta mía, inmediata: cuando fuimos a Barcelona le dije que era fácil que jugásemos la final y la jugamos, esta vez casi le puedo asegurar que por primera vez traemos para el colegio y para Asturias el título de campeones de España de juveniles, y así fue.
El hockey sobre patines del colegio y el asturiano le deben al Padre Pedro estos dos títulos más el de subcampeón de España de Escolares.
Por todo lo anterior y como entrenador de aquellos equipos, no puedo más que estar agradecido al P. Pedro, un fraile que, de manera silenciosa, llevó al deporte la poesía o la prosa que le inspiraban sus sentimientos y partió de que el deportista es algo vivo.
Cada vez que entro en el claustro del colegio y miro hacia arriba, me parece ver al P. Pedro, de madrugada, haciendo sus ejercicios diarios, y creo, para terminar, que el Padre Pedro, junto con el P. Fermín y el P. Basilio, fueron unos de esos seres a los que Dios visitó en secreto para saber cosas del mundo sin mancharse que seguirán viviendo en nuestro corazones y ahora estarán caminando por ese mundo mágico en que se mueven los puros de corazón.
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