El narcotizante olor del dinero: la otra Historia de España
Somos lo que somos en el momento que somos, debido a que fuimos lo que fuimos en el momento que fuimos. Esta frase, saturada de repeticiones verbales presentes y pretéritas, viene a decirnos que para explicar el presente hay que recordar el pasado. Y a eso vamos. Corre el "anno Domini" de 1552 o de1553 y el primer amanecer de Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja le alumbra en Tordesillas. Nadie podía suponer entonces que el recién nacido iba a convertirse, años más tarde, en una figura histórica de gran relevancia y controversia, al ser nombrado, de facto, valido y primer ministro del rey Felipe III, al tiempo que primer duque de Lerma -entre otros títulos nobiliarios-, al ser proclamado rey por las instituciones y consejo del reino el hijo de Felipe II.
El primer duque de Lerma, más conocido por Francisco de Sandoval y Rojas, es considerado históricamente como el precursor de la corrupción urbanística institucionalizada en España. Esta historia de corrupción insólitamente creativa comienza cuando el noble tordesillano, una vez conseguido el favor del Rey, debió de preguntarse: ¿para qué sirve el poder si no es para ejercerlo en beneficio propio? Y dicho y hecho. Tal fue su afán, entusiasmo y empeño en la tarea de acumular riqueza que diseñó una estrategia inmobiliaria consistente en la compra de casas, terrenos y palacios en la ciudad de Valladolid. Una vez concluida la operación de adquisición de propiedades urbanas "low cost", comenzó a comer la real oreja de Su Majestad hasta convencerle de la idoneidad del traslado de la corte madrileña a Valladolid. La traza concluyó con un pelotazo urbanístico de los que hacen época. Más de mil funcionarios y cortesanos, entre ellos el propio rey, se vieron forzados a comprar, a precios desorbitados -ley de la oferta monopolizada y la demanda obligada-, las propiedades adquiridas por el duque en la ciudad del Pisuerga. Debieron de parecerle insuficientes los beneficios obtenidos mediante el uso y abuso de la información inducida y autogestionada por su situación de privilegio que, cinco años más tarde, calcó el diseño de persuasión y manejo puesto en práctica en Valladolid, para dar un nuevo pelotazo urbanístico, esta vez en Madrid, mediante la vieja y eficaz estrategia de comprar barato y vender caro, devolviendo el perdido esplendor monárquico, cinco años atrás, a la villa y corte, al tiempo que rentabilizaba espléndidamente su inversión inmobiliaria.
De nada le sirvió al primer ministro, grande de España, haberse rodeado de familiares y amigos en los cargos de confianza cortesanos y gubernamentales. Algunos, dicho sea de paso, le salieron rana, como es el caso del primer conde de Villalonga, Pedro Franqueza, quien fue condenado a prisión perpetua por haber adquirido los malos hábitos de apropiarse de lo ajeno valiéndose de los cargos públicos que le había otorgado la amistad con Sandoval (Dios los cría y el viento los amontona). Como es de suponer, tanta euforia y descaro en la gestión inmobiliaria le creó no pocos enemigos que, a la primera oportunidad, buscada con ahínco, narraron al monarca, capítulo a capítulo, la novela palaciega escrita y protagonizada por su favorito. El desenlace final parecía tener tintes sangrientos y los tuvo, pero no en la figura de Francisco de Sandoval y Rojas, que para entonces ya vestía el rojo cardenalicio otorgado por su benefactor y salvador, el papa Paulo V, sino en la de su mano derecha Rodrigo Calderón de Aranda, conocido popularmente como el valido del valido, quien murió degollado en la plaza Mayor de Madrid para expiar el vicio capital de avaricia del jefe y satisfacer el hambre de sed y justicia del pueblo madrileño.
Otro ilustre valido con ambiciones de poder, empeñado en la satisfacción del beneficio personal, fue Manuel Godoy, valido del rey Carlos IV y experto en el tráfico y venta de títulos nobiliarios y cargos públicos, entre otras habilidades concernientes al trasvase de rentas públicas a su bolsillo, hasta que, finalmente, tropezó en la piedra del Motín de Aranjuez. De nada sirvió la abdicación del rey en su hijo Fernando VII, la causa del malestar popular y la inestabilidad monárquica dio pie a la invasión napoleónica y a la Guerra de la Independencia. Pero no fue solo Godoy quien dedicó sus esfuerzos creativos, por lucrativos, a la venta de títulos, ya los monarcas del Antiguo Régimen le enseñaron el camino, sobre todo, aquellos que reinaron durante los siglos XVII y XVIII, quienes subvencionaron parte de las guerras con la venta de títulos nobiliarios, utilizando como intermediarias las instituciones eclesiásticas.
Y así llegamos al siglo XIX y la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, quien, después de muerto su esposo Fernando VII, aprovechó la regencia, debido a la minoría de edad de su hija Isabel II, para amasar una gran fortuna con el monopolio en la construcción de las primeras líneas ferroviarias y el cobro de mordidas a través de la obra pública. Todo esto, pasando de puntillas por su insana afición comercial con el tráfico de esclavos. Naturalmente, como no podía ser de otra forma, acabó siendo expulsada de España después de ceder el poder al general Espartero, no sin antes dejar bien abrochado a su amigo, confidente y especulador bursátil, José de Salamanca y Mayol, marqués de Salamanca, otro ilustre corrupto con amplísimo déficit de escrúpulos. Su hija, Isabel II, merece capítulo aparte, solo decir que siguió las enseñanzas de su madre con total dedicación y favoreció la corrupción palaciega hasta concluir con la llamada Vicalvarada, la posterior Revolución Gloriosa y, finalmente, con el exilio. Exiliarse es una de las tradiciones borbónicas
En los albores del siglo XX, el rey Alfonso XIII, se dedicó, entre otras cosas, todas ellas de escasa o nula legalidad, al negocio de la obra pública, a la financiación de casinos y la evasión fiscal. Lo de ser reacios en cumplir con las leyes fiscales, parece ser otro rasgo característico de los borbones.
Y así seguimos, subidos a lomos de la corrupción sin que ningún Gobierno se atreva, no quiera o no le dejen, legislar con firmeza resolutiva en tal materia. Todavía, a día de hoy, esta enfermedad congénita sigue causando estragos en la credibilidad de las instituciones. Desde la cueva del tesoro de los fondos reservados, el séquito y boda de la tercera Infanta, el precio de la ambición, el milagro del maquillaje patrimonial blanqueado al verde, contables de mordidas con dedos largos, la picaresca del extravío monetario en limosnas millonarias que terminaron condicionando el voto, la desviación de caudales sin disenso ni complejo de culpa y el mal de la bragueta floja, hasta la más reciente, confusión de ático con ética sin percepción limítrofe entre los conceptos público y privado, tenemos donde elegir historias de corrupción en esta vieja piel de toro, según gustos, inclinaciones y preferencias.
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