La cicatriz

16 de Septiembre del 2026 - Fernando Vijande Fernández (CASTROPOL)

Hay cicatrices que se ven y se pueden tocar con la palma de la mano, pero también hay cicatrices invisibles que nadie percibe y que arrastras durante toda la vida, como si fueran la bola de acero de un preso condenado a cadena perpetua dentro de una prisión.

Cuando naces, tu cuerpo aparece limpio e impoluto. Sin embargo, a lo largo de tu existencia, los distintos avatares de la vida te van lastimando y dejando pequeñas marcas que, normalmente, desaparecen con el tiempo.

Pero también puede ocurrir que esas huellas, que al principio son temporales, vayan profundizando poco a poco, como sucede con ciertas costumbres que terminan arraigándose en nosotros. Van atravesando la piel, dañando la epidermis y la dermis hasta alcanzar zonas mas profundas. Y, cuando esos surcos llegan a los vasos sanguíneos, empiezas a sangrar y te quedas exhausto y sin aliento por la hemorragia.

Una hemorragia que te consume, te deja pálido, sin fuerzas y te sitúa al borde de la muerte.

Y, cuando estás en ese punto de fentanilo mental y a punto de irte a otro lugar donde no tengas tierra que pisar, otro lugar sin viento y sin nubes, surge una explicación que te convence y te apacigua.

De pronto, como si fueras San Pablo en su conversión camino de Damasco, caes del caballo y despiertas de esa realidad alterada que te consume. Entonces abrazas una nueva realidad, aunque en el fondo, sea aquella que ya conocías y que, por alguna razón, habías olvidado.

Quizá todas las personas llevemos dentro alguna cicatriz de esas que no se ven. Algunas apenas duelen; otras permanecen abiertas durante años. Y hay cicatrices que, aunque terminen cerrándose, nunca desaparecen del todo, quedan ahí, ocultas bajo la piel, recordándonos quiénes fuimos, lo que sufrimos y, sobre todo, que conseguimos seguir adelante.

Esta introspección, esta cavilación sobre las heridas invisibles que vamos acumulando a lo largo de la vida, me surgió hace unos cuatro meses. Desde entonces, me ha ayudado a posicionarme, a encontrar mi lugar en este mundo tan cambiante y, a veces, tan insolidario que nos ha tocado vivir.

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