Lengua materna

17 de Septiembre del 2026 - Alejandro Ginés Morote (Madrid)

Nuevamente me dirijo a los asturianos para decirles que no hay nada peor, para un alfabetizado, que los regionalismos. Estos tienen siempre como eje principal de su reivindicación la cuestión del idioma, pues es a través de la lengua como pretenden justificar una suerte de privatización de lo común: privatizar es, en este sentido, desnacionalizar; desarraigarse de la raíz nacional que a todos nos nutre y de la que todos formamos parte, tanto en lo bueno como en lo malo. No es algo que, a nuestros ojos, pueda considerarse revolucionario. Desde que los checos lograron asestar aquel golpe a los alemanes al conseguir que su lengua fuese reconocida como lengua oficial por el Imperio austrohúngaro, no hemos dejado de padecer las consecuencias de este fenómeno. Ha sido una dinámica que se ha repetido, de una u otra forma, a lo largo y ancho del continente europeo. Pero, sin duda, si atendemos al localismo y a la fuerza que han alcanzado las reivindicaciones regionalistas, ha sido España uno de los países que más ha tenido que sufrir las embestidas de estas fuerzas. Y resulta paradójico que, antes de que los movimientos regionalistas agitaran el ánimo de los lugareños, estos tenían, en su inmensa mayoría, la lengua española como su lengua materna. Realidad que persiste hoy día, dado que los vascoparlantes no alcanzan la quinta parte de la población vasca y los de catalán apenas representan un tercio de la suya. En última instancia, ni siquiera es necesario recurrir a las estadísticas. Nos basta con recorrer las calles y aguzar el oído para comprobar que el español sigue siendo la lengua materna predominante en el día a día.

Las regiones del País Vasco, Cataluña y Galicia consiguieron que sus respectivas lenguas alcanzaran el estatus de cooficialidad legal durante la II República Española -el mejor de los periodos históricos que ha vivido España, según el juicio del presidente Pedro Sánchez-. Ahora parece que Asturias quiere sumarse también a esta lucha en torno al idioma.

Yo, que soy madrileño, pero que por entenderme no me entiendo más que español, aborrezco casi por instinto cualquier tipo de regionalismo. También está entre mis picores naturales el antirregionalismo. Son, al fin y al cabo, los resentimientos aldeanos los que me levantan el prurito. Y la pena que ahora comparto con ustedes es que Asturias esté dirigiéndose hacia este camino. Puedo comprender, por supuesto, el amor que cada cual tiene al modo de ser de su tierra, faltaría más. También yo soy uno de tantos que ama profundamente el paisaje castellano del que forma parte mi tierra madrileña. Somos castizos, si hablamos de cultura, pero Madrid es un pueblo castellano y castellana es su historia.

Entre todo esto suele pasar desapercibida, para quienes defienden la existencia de una raza histórica en función de una lengua común, la cuestión de la consanguinidad. Y resulta curiosa la forma de proceder del regionalismo: el regionalista necesariamente habla, escribe y lee en español, mientras que el español no tiene por qué hacerlo en ninguna de sus formas regionales. Tampoco es que yo sea un defensor de la consanguinidad por sí sola. Es una condición necesaria, pero no suficiente, es una causa coadyuvante, pues sin ella no podría darse aquello que se pretende llamar una raza histórica, pero que, por sí misma, tampoco basta para producirla. Su necesidad, sin embargo, permanece. Muchos regionalistas remontan sus reivindicaciones hasta épocas prehistóricas, buscando allí el origen de una supuesta pureza de la raza histórica que pretenden reivindicar, y pudiera ser cierto, incluso, que en aquellos tiempos remotos hubieran existido poblaciones menos mezcladas que las que posteriormente se fueron formando, pero éste es precisamente el problema del que los regionalistas que defienden la independencia de esa supuesta raza histórica no pueden sustraerse: que hubo una mezcla más que consumada.

Hacia el siglo XV d.C. la Corona de Castilla incorporaba en su seno los distintos reinos de Galicia, León, Castilla, Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén y Murcia, más el Principado de Asturias y el Señorío de Vizcaya -que poco después pasaría a ser parte de las provincias vascas-. ¿Para qué engañarnos, entonces, con la búsqueda de una autenticidad que ya no puede encontrarse? ¿Qué pureza puede reivindicarse cuando siglos de convivencia, mezcla e historia compartida han hecho imposible separar aquello que se pretende propio de aquello que se pretende ajeno? Ninguna fuerza regionalista se da por amor a la propia cultura como por el rencor y el agravio comparativo frente al exterior, que, en este caso, se dirige hacia el resto de España.

Entre tantos despistes, hemos olvidado la auténtica tarea que importa: hacer todavía más intensa y extensa la lengua española. Vivimos instalados, permanentemente, en un tiempo escaso para con la lengua y para con todo cuanto le debemos nosotros, la raza española. En cada estación que dejamos pasar se nos escapa entre las yemas de los dedos la brillante oportunidad de aportar creatividad a nuestra lengua y, con ella, de alumbrar nuevas formas de pensamiento. Pensar requiere de una adecuada expresión, y ambas acciones -pensamiento y expresión- se encuentran estrechamente vinculadas con la vida: con la vida de cada cual y con la vida de todos nosotros. Una vida histórica, sí, pero precisamente por su carácter histórico capaz de dotarnos de la riqueza del pasado y, al mismo tiempo, de abrirnos a los frutos que todavía aguardan en el porvenir. La lengua es también aquello que estamos obligados a acrecentar.

Pero hay algo aún mucho más grave que atender. Toda lengua culta tiene el ímpetu de sellar su alma en otras tierras, de querer abrirse al mundo extranjero desbordándose sobre él, como el vino que escapa de la copa que ha sido torpemente sacudida hacia la mesa y que a su paso va tiñendo de rojo purpúreo el mantel de sobremesa. Pero para dicho desbordamiento es de necesidad contar con hombres capaces de llevar consigo el alma de su lengua y hacerla crecer más allá de sus fronteras, y tal capacidad sólo puede forjarse por medio de la educación.

En esta cuestión no hay vacilación alguna que valga para discutir el idioma en que nuestros hijos han de ser educados. Cobren toda la autonomía que quieran los distintos reinos, principados o señoríos de nuestra tierra, pero la educación, como las leyes, ha de ser bajo la dirección de la lengua española, única lengua de cultura en España. ¡Intenten si no leer a Góngora traducido a cualquier lengua o habla regional y verán cuánto se han perdido por el camino! Entonces, está justificado, en todos sus grados, que la educación deba impartirse en lengua española. Y esto, frente a los giros demagógicos que algunos pretenden, no es restrictivo, pues no limita ni acorta la forma de ser de la región, ¡todavía la amplía más! Quien busque convencer al castellano, asturiano o catalán de su particular modo de ser, tendrá que persuadirlo en la lengua materna, que es la española. Así lo hizo, por igual, el principal encargado de convencer y predicar a los griegos sobre Cristo, el apóstol Pablo, que realizó la labor en griego, el cual no era su lengua materna, pero que sí era la lingua franca del Imperio Romano, el idioma del comercio, la filosofía y la cultura.

Si ya, como indica el obtuso informe PISA, el joven español comprende cada vez menos la lectura, será culpa también de que el hijo no cuente en sus manos con una lengua culta que le haga estar a la altura; «a palabras pobres, pensamientos pobres» se dice en "Le otto montagne".

No piense cada región como el regionalista, que circunscribe, limita, el poder de acción de su ser y de su lengua a aquél que sólo crece, madura y muere en la región. Tengan, pues, anhelo de universalidad.

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