Ley de nietos, un disparate más de este Gobierno
Con la llamada «ley de nietos» se conceden nacionalidades -y, con ellas, derechos políticos- a personas que nunca han vivido aquí ni han contribuido a este país. Personas cuyas decisiones electorales acabarán afectando a quienes sí vivimos aquí, trabajamos y pagamos impuestos.
Curioso.
Gobiernan con independentistas, con populistas y con quienes han demostrado que España les importa bien poco. Han concedido indultos, una amnistía, competencias y hasta han negociado el perdón de deudas para mantener apoyos.
¿Comprar el poder a cambio de conceder impunidad a condenados, procesados o fugados no se acerca peligrosamente a lo que muchos ciudadanos entienden por corrupción institucional?
Y, como si fuera poco, se amplía el acceso a la nacionalidad a personas que, en muchos casos, nunca han residido, trabajado ni tributado en España. Personas que, una vez nacionalizadas, podrán participar en las decisiones políticas de un país al que nunca han contribuido. Elegirán a quienes deberán gestionar los recursos de quienes sí están aquí, cotizan, aportan y hacen país, mientras ellos vivirán en otro lugar.
Me niego a que quienes viven fuera decidan por nosotros desde fuera. No hablamos de nuestros hijos emigrantes que algún día volverán; hablamos, en muchos casos, de personas que apenas tienen vínculo con la España actual. Ser español no debería convertirse en una cuestión de mera herencia. Y para decidir sobre el futuro de un país debería existir algo más que un vínculo genealógico: compromiso, trabajo, convivencia y aportación a la sociedad.
¿Dónde termina la reparación histórica y dónde empieza el cálculo electoral?
Porque la pregunta es legítima: ¿de verdad todo esto responde únicamente a una supuesta «deuda histórica»? ¿O existe también un interés político en ampliar el electorado y conseguir votos agradecidos para prolongar la agonía de un Gobierno que, a mi juicio, está fracasando?
Mientras tanto, los ciudadanos que sí vivimos aquí afrontamos una realidad cada vez más difícil: la vida se encarece, la vivienda resulta inalcanzable para muchos, la sanidad se deteriora y crece la preocupación por la seguridad. Y, al mismo tiempo, aumentan las dudas sobre la igualdad ante la ley, la separación de poderes y la calidad de nuestras instituciones.
Y, para rematar, este personaje siniestro nos recomienda escuchar música mientras, delante de nuestras narices, nos dice que «vamos como motos».
Morro y p'alante.
El precio de mantener un Gobierno a cualquier coste lo estamos pagando todos.
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