Dos años ya
Hoy es 19 de septiembre, hoy es el Día de América en Asturias, estamos en San Mateo 2026, estamos en Oviedo. ¿Qué más se puede pedir?
En esta fecha se cumplen 24 meses de cuando una parte de mi cerebro me dijo basta, que tenía que parar o las consecuencias serían nefastas.
En esta jornada se cumplen 731 días desde que un accidente cerebro vascular impactó en mi organismo rompiendo mi quehacer diario.
Y, hasta hoy, han pasado 17.544 horas desde que el personal de aquella UVI móvil me valoraba inicialmente y atestiguaba que algo grave ocurría en mi cabeza.
Ahora, consultando mi reloj, me doy cuenta de que sus agujas han recorrido el equivalente a 1.051.640 minutos tras aquel viaje en ambulancia que derivó en una estancia de 21 días en el Hospital Central de Asturias.
Este día de fin de semana, tras el colorido espectáculo por las arterias principales de Oviedo, que ha reunido a tanta gente y nacionalidades envueltos en música y baile, estoy aquí, frente a vosotros, para agradecer lo mucho que me habéis cuidado.
Para los técnicos de ambulancia, el personal de urgencias, los responsables de la UCI de Ictus, los cuidadores de la octava planta, los cuidadores de la cuarta planta, monitores de terapia ocupacional, monitores de gimnasio, todos ellos y ellas en su meritorio agradecimiento.
Un espacio más íntimo lo dedico a personas muy especiales como Álvaro, excelente chef y la primera persona que compartió habitación conmigo; a Guti, compañero de fatigas en rehabilitación; a la Dra. María Rico y al Dr. Bernardo Álvarez Feal, mis neurólogos; a mi Chupi Fisioterapeuta Laura, que siempre ha creído en mí desde el minuto cero.
Fuera del recinto hospitalario, Ana Eva, Ismael, Ismi, Sara, Ángeles, Alfonso, Pili, Fabiola, Argentina, Nerea, Chema, Marisa, Rober, José, Augusto, Erika, Fran, Joaquín, María, Johnny, Ángel, Mª del Carmen, Pepe, Lili, Natalia, José Luís, Marta, Diego, Dani, mis compañeros de LibrOviedo, Javier, José Eduardo, Larry-Larrea, Corina y alguien más que me quedará en el tintero, pero no en la memoria.
Y al final está la familia, esa que quiero, la que respeto y ha condicionado mi forma de ser y vivir. Esa familia en la que está incluida la mitad de mi corazón, el peso de mi existencia, la razón de seguir amarrado a la vida con la energía suficiente y plena de firmeza: ella lo sabe, "vuela alto, vuela alto, que si caes yo te cojo".
Mi mención más tierna para mi madre y mi padre, velándome desde allá arriba, y, sobre todo, al Sr. Jesús, que me echó fuera del Paraíso porque aún no había llegado mi momento, porque este era su día, porque no podía dejar sola a su nieta.
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