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Epitafio y semblanza al cuartel de la Guardia Civil

22 de Septiembre del 2026 - José Luis Estévez Gómez (Mieres)

En el patio grande unos niños jugábamos a policías y ladrones, quizás en un afán de emular a nuestros progenitores. Más tarde, algunos de ellos fuimos encuadrados en las filas del Cuerpo.

En el mismo patio las tropas practican instrucción en "orden cerrado", preparándose para las revueltas mineras.

Los mineros y la mina, otro drama, condenados sempiternamente al Hades cuales Sísifo.

Y ahora en mi devenir diario, saldré de mi primer cuartel y, atravesando el barrio del Pilar, llegaré al parque de Jovellanos. En el palco, la Banda de Música interpreta una sinfonía con Adolfo al bombo.

A la derecha, la estación del Vasco, hoy también desubicada.

Remontando la calle José Antonio llegaré a El Liceo, mi colegio.

Más arriba, frente al Convento, en los coches de choque sonaba "Mamy Blue", quizás una de las canciones más...

En mi regreso pasaré por el Economato de Hunosa a ayudar a mi madre con las compras.

Al llegar a nuestro primer cuartel, nos encontramos huérfanos de morada. Aquellos fortificados muros que un día construyese "Apolo y Poseidón" hoy yacen inertes; ¿acaso Helena moraba entre ellos?

Ya solo nos queda darles eterna "sepultura", en el huerto de La Piña, junto a "Platero" .

Años más tarde en aquellos prístinos terrenos surge altivo otro primer cuartel. ¿Tendrá un patio grande? ¿Habrá niños jugando a policías y ladrones? ¿Se escribirán entre sus paredes historias indelebles?

Gracias al vigilante con "pata de palo" que nos cuidaba y vigilaba en los columpios.

Gracias al operario municipal que todas las mañanas, con su carro, entraba en el patio grande y nuestras madres bajaban los residuos domésticos del día. En las Navidades las familias tenían un detalle con él.

Gracias al panadero, que todas las mañanas entraba en el patio grande tocando el claxon con insistencia a la vez que gritaba: "Panadero, que me voy".

Gracias a aquel matrimonio de origen gallego que todos los viernes por la tarde entraba en el patio grande y, al abrir los portones traseros del furgón, convertía el patio en un edén.

Gracias a los mineros y a la mina, por proveernos de ese mineral negro que tantas cocinas y hogares calentó.

Gracias a mis padres, por nuestra crianza y educación, en ese afán psicológico que el pintor neerlandés Pieter de Hooch plasmó en sus lienzos.

Gracias, al Picu Siana por su altivez, al Caudal por jugar al fútbol, al Kiber por patinar tan bien.

Gracias al patio grande, y también al pequeño.

Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia...

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