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Sánchez, Ceuta y las consecuencias de gobernar con efecto llamada

24 de Septiembre del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Sánchez habla de Ceuta con una ligereza difícil de entender, como si lo que ocurre allí fuera un problema menor y como si él y su Gobierno no tuvieran responsabilidad alguna.

Pero gobiernan ellos. Ellos fijan la política migratoria, ellos deben controlar las fronteras y ellos deben responder ante los ciudadanos por las consecuencias de sus decisiones.

Y resulta especialmente grave escuchar que «la ley no permite actuar». Las leyes no son inamovibles: las aprueba y las modifica el Parlamento. Si una norma impide actuar, se cambia. Lo que no vale es gobernar, hacer las leyes y después utilizarlas como excusa para justificar la inacción.

Pero hay algo más: las palabras de un presidente también gobiernan. Cuando se lanza un determinado mensaje sobre inmigración, hay que valorar sus efectos. En una situación como la de Ceuta, cualquier mensaje que pueda alimentar expectativas de entrada o permanencia puede contribuir a un efecto llamada, cuyas consecuencias pueden ser incalculables ante todo un continente con cientos de millones de personas vulnerables y expectantes ante cualquier señal de debilidad. Y terminaremos soportando oleada tras oleada, mientras unos y otros deberán responder por las consecuencias de las políticas aplicadas y de los mensajes lanzados.

Sánchez acaba de llevar esta cuestión a la ONU y ha afirmado que la tentación es «ceder al miedo, convertir al migrante en enemigo y vulnerar la legalidad», añadiendo que España elegirá «el camino más justo».

Habla de España como si él fuera España y representara por sí solo a todos los españoles. Pues no. Que se sepa, nunca ganó unas elecciones generales con mayoría suficiente para gobernar en solitario. Y si no fuera por esa capacidad de pactar con quien sea para conservar el poder, incluidos Bildu y partidos independentistas y regalando inmunidad a corruptos, delincuentes y fugados, otras fuerzas con las que ha tenido que alcanzar acuerdos, hace tiempo que los españoles lo habrían mandado a casa.

No puede presentarse como el dueño de España mientras se rodea de escándalos y polémicas y, al mismo tiempo, pretende dar lecciones de moralidad. ¿Cómo puede seguir entregando poder y concesiones a quienes cuestionan el marco común, después de haber necesitado también el apoyo de quienes buscan privilegios territoriales? Y ahora está dispuesto a regalar todo nuestro Estado de bienestar a quien venga de fuera. No importa que los españoles fueran quienes lo construyeron con su esfuerzo y sus impuestos, lo comparte y reparte él. Nos empobrecerá sin remisión, los recursos de un País no son ilimitados para dejarlos en manos de este impresentable. O lo echamos, o la igualdad que repiten se hará realidad: todos a ras de suelo. Ya pueden ir palpandola y siendo conscientes que ahí nos lleva este gobierno: se tambalea la sanidad, la vivienda imposible, la seguridad ciudadana, la invasión sin control de nuestros espacios, la carestía de la vida, el turismo invasor... todo se va al garete mientras el pueblo parece adormecido.

Este señor es un peligro, antepone su permanencia en el poder a cualquier otra consideración.

El problema es que presentar el debate como una elección entre humanidad y miedo es una simplificación interesada. Nadie está pidiendo convertir al inmigrante en enemigo. Se está pidiendo que un Gobierno controle sus fronteras, proteja a sus ciudadanos y asuma las consecuencias de la política que aplica y del mensaje que transmite.

Gobernar no es pronunciar discursos grandilocuentes. Gobernar es tomar decisiones, prevenir sus efectos y hacerse responsable cuando las cosas salen mal.

Ceuta no necesita que le expliquen desde Nueva York lo que es la «decencia». Necesita seguridad, control fronterizo y respuestas.

Porque la responsabilidad de un presidente no termina cuando acaba el discurso. Empieza precisamente cuando llegan las consecuencias.

Me gustaría que todas esas personas que invadieron Ceuta se fueran para el Palacio de la Moncloa, sus jardines, el casoplón de Galapagar y las sedes socialistas, de Podemos, Sumar, ERC, Bildu, PNV... Veríamos de verdad la ternura real de estos irresponsables.

Dicen que no se puede evitar, que si queríamos que los policías dispararan contra ellos. Yo les pregunto: todo ese mes que Pedro estuvo de vacaciones, con montones de policías vigilando la costa, si fueran allí en vez de a Ceuta, ¿sus escoltas dispararían o los dejarían acercarse a usted?

Es de tal buenismo, de tal debilidad mental, que si no nos invaden a cientos de millones es por pur pena que damos.

Un país que no controla sus fronteras acaba perdiendo el control de su territorio, de su seguridad y, tarde o temprano, de su propio destino.

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