Un pato desubicado
Volví estos días a leer "El patito feo" para contárselo a mis dos pequeñas nietas. Y, mientras avanzaba por sus páginas, descubrí que aquel cuento infantil tenía algo que decirme también a mí.
El patito nace diferente. No encaja en la pollada, es rechazado y emprende la búsqueda de un lugar donde sentirse acogido. Después de varios intentos y de una larga soledad, llega la primavera y aparecen unos cisnes. Lo reciben como a uno de los suyos. Entonces descubre su verdadera identidad: nunca había sido un pato; era un cisne.
La moraleja parece sencilla: a veces no somos nosotros los que estamos equivocados; sencillamente, estamos en un lugar que no nos corresponde.
Y aquí empieza mi reflexión. Quizás antitética.
Durante toda mi vida he vivido entre mis «patos». Nací, crecí y envejecí en un mundo que sentía como propio. Compartíamos una educación, unas costumbres, unos principios y una manera de entender la convivencia. No era perfecto, naturalmente, pero era reconocible.
Hoy, ya en los últimos años de mi vida, contemplo cómo aquel mundo cambia poco a poco. Algunas costumbres se transforman, ciertas palabras adquieren nuevos significados y determinados principios que aprendí a considerar esenciales parecen haber dejado de serlo.
Y empiezo a sentirme extraño en mi propia casa.
SI PUEDE SER, CON CARETO
Destacado: Ser diferente no significa estar equivocado, y ninguna sociedad debería hacer sentir extraño a quien simplemente intenta permanecer fiel a sí mismo
No porque crea ser mejor que nadie ni porque rechace que la sociedad evolucione. Toda sociedad cambia. La cuestión es otra: ¿tiene que marcharse quien no ha cambiado?
¿Debe abandonar su lago aquel que conserva una educación, unas convicciones y una manera de entender la vida que considera más próximas a la justicia y a la verdad?
El cuento de Andersen ofrece al patito un final feliz: encuentra a los suyos. Pero la vida puede ser más compleja. ¿Qué ocurre cuando uno no quiere buscar otro lago? ¿Cuando no pretende convertirse en otra cosa, sino simplemente seguir siendo quien ha sido?
Quizá ese sea el verdadero desconcierto de quien envejece: descubrir que el mundo que consideraba suyo puede cambiar hasta el punto de hacerle sentir extranjero en él.
No pido que el mundo vuelva atrás. Tampoco que todos piensen como yo. Solo quisiera que hubiera espacio para quienes, respetando a los demás, desean conservar aquello que consideran verdadero.
Porque quizá la verdadera convivencia no consista en que todos terminemos siendo iguales, sino en que nadie tenga que abandonar su lago para poder seguir siendo quien es. Y que el lago siga teniendo su identidad.
Y mientras termino de leer el cuento, miro a mis nietas y pienso que algún día ellas también descubrirán que el mundo cambia.
Ojalá entonces comprendan algo que Andersen quizá quiso enseñarnos: que ser diferente no significa estar equivocado, y que ninguna sociedad debería hacer sentir extraño a quien simplemente intenta permanecer fiel a sí mismo.
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