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Irene, Belarra...: ¿dónde dejamos el perdón y la reconciliación?

26 de Septiembre del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Hablamos constantemente de divorcios, separaciones y rupturas como si las estadísticas fueran capaces de explicar lo que ocurre dentro de una pareja.

Pero detrás de cada cifra hay una historia.

Una relación insoportable. Años de desgaste. Una infidelidad. Un familiar, una amiga frustrada, un amigo toxico, un entorno de intromisión que influye; Una discusión. Un arrebato. Un orgullo herido. Una decepción. O, sencillamente, dos personas que dejaron de entenderse.

Y también hay algo que rara vez aparece en las estadísticas: las parejas que nunca llegaron a casarse y que igualmente terminaron su convivencia.

Alrededor de cada ruptura se ha desarrollado, además, todo un negocio en crecimiento, un entramado profesional: abogados, procedimientos, custodias, viviendas, propiedades, deudas, sociedades, pensiones y todo aquello que hay que repartir cuando un proyecto de vida deja de ser común.

Ese trabajo es necesario cuando la ruptura resulta inevitable.

Pero hay una diferencia enorme entre ayudar a quien necesita salir de una relación y convertir la separación en la primera solución ante cualquier crisis.

Y aquí es donde deberíamos detenernos a pensar.

Porque no todos los hombres son iguales.

No todas las mujeres son iguales.

Y, sobre todo, no todos los problemas de pareja son iguales.

Durante años hemos escuchado determinados discursos políticos, especialmente desde algunos sectores del feminismo representados por dirigentes como Irene Montero, Ione Belarra y otras figuras públicas, que han planteado en ocasiones las relaciones entre hombres y mujeres desde una lógica de confrontación permanente.

Víctima contra verdugo.

Hombres contra mujeres.

Pero la vida real es mucho más compleja.

Una mujer que ha sufrido maltrato, violencia o una relación insoportable merece protección, apoyo y justicia. Sin ninguna duda.

Pero una experiencia terrible no puede convertirse automáticamente en el patrón con el que juzgar todas las relaciones entre hombres y mujeres.

Porque una cosa es proteger a quien lo necesita y otra muy distinta es enseñar a toda una sociedad que ante cualquier conflicto la solución pasa necesariamente por romper.

¿Dónde quedan entonces el perdón?

¿El arrepentimiento?

¿La paciencia?

¿La conversación?

¿La recinciliación? Quién no conoce la reconciliación, no saboreó la mecha del amor.

¿La posibilidad de reconocer que nos hemos equivocado?

¿La posibilidad de empezar de nuevo?

Parece que hemos olvidado algo fundamental: las personas somos imperfectas.

En una relación se puede discutir. Se puede fallar. Se puede hacer daño. Se puede pedir perdón. Se puede perdonar.

Y sí, algunas relaciones deben terminar.

Hay situaciones en las que continuar juntos sería un error.

Pero también hay otras en las que quizá el problema no necesita inmediatamente un abogado.

Quizá necesita tiempo.

Quizá necesita una conversación.

Quizá necesita humildad.

Quizá necesita que alguien diga:

«Me he equivocado. Perdóname».

Echo de menos aquel concepto del juez de paz.

Alguien que intentaba poner paz antes de convertir un conflicto en una guerra.

Hoy parece que, en determinados discursos, hemos sustituido al juez de paz por Irene y Belarra marcando territorio de frustradas, y con una lógica diferente:

«A mí me fue mal, a ti también».

«Yo no perdoné, tú tampoco».

«Yo estoy frustrada y reventada, tú también tienes que vivir con la misma sensación».

No.

La desgracia de una persona no puede convertirse en el destino de todas las demás.

Y hay otro asunto del que apenas hablamos cuando discutimos sobre los conflictos de pareja: el alcohol. Ese destructor de mente, ese bien visto por la sociedad, pero gran impulsor de trastornos y agresividad real.

El alcohol puede convertirse en el carburante que prende fuego a una discusión. Desinhibe, aumenta la impulsividad y puede transformar una disputa que quizá habría terminado con una conversación en una situación mucho más grave.

Eso no justifica a nadie.

Cada persona es responsable de sus actos.

Pero si queremos hablar seriamente de convivencia y de violencia dentro de las relaciones, también deberíamos hablar de aquello que puede agravar los conflictos.

Porque quizá estamos demasiado acostumbrados a hablar de cómo terminar una relación y demasiado poco de cómo evitar que llegue a romperse.

Y aquí aparece una palabra que parece antigua, casi olvidada:

PERDÓN.

Perdonar no significa aguantarlo todo.

Perdonar no significa aceptar el maltrato.

Perdonar no significa renunciar a la dignidad.

Perdonar significa reconocer que, cuando existe arrepentimiento sincero y voluntad de cambiar, no todos los errores tienen por qué convertirse en una sentencia definitiva.

Hay relaciones que deben terminar.

Pero también hay relaciones que, con esfuerzo, humildad, arrepentimiento y amor, pueden volver a empezar.

Quizá deberíamos dejar de preguntarnos solamente cuántas parejas se separan.

Y empezar a preguntarnos también: ¿cuántas podrían haberse salvado si hubieran encontrado un lugar donde hablar antes de convertirse en enemigos?

Porque una sociedad que protege a quien necesita ser protegido es imprescindible.

Pero una sociedad que también sabe enseñar a pedir perdón, a perdonar y a reconstruir cuando todavía es posible... es una sociedad que todavía cree en el ser humano.

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