Quince años de Quinze
En mi familia, octubre siempre ha sido un mes de efemérides y celebraciones. El día 11 se casaron mis padres; el 12 es la fiesta nacional; el 13 era el cumpleaños de mi abuelo y el 16 el mío propio. Hoy, quiero hablar del 15, la niña bonita, el aniversario de la inauguración de la tienda de mi madre.
Hace una década y un lustro, allá por 2011, se inauguraba Quinze, una boutique de moda y complementos; Quinze con Z, a la francesa, y con Z, como las antaño princesas asturianas, que hoy ya son reinas.
Esta carta, como las únicas que valen la pena, es, evidentemente, una carta de amor y admiración. Amor filial y admiración a mi madre que se lanzó, en medio de la vorágine de la Gran Recesión, a abrir un negocio que nos salvó la vida. Allá por 2011, hablábamos de unos brotes verdes que nunca prendieron. Todavía hoy es difícil saber si ya hemos salido de las muchas crisis que hemos vivido desde entonces y que el negocio ha ido superando, incluyendo, entre otras, la pandemia, que supuso un punto de inflexión en tantas cosas.
Esta carta es también una carta de amor al comercio local, el que hace ciudad y puebla los barrios y los centros de nuestras ciudades, cada vez más homogéneos y desiertos. En una tienda como Quinze, Belén es más que una vendedora. La he visto ejercer de estilista, de asesora, de meteoróloga, de psicóloga, de confidente y de amiga de tantísimas clientas con una bondad, un acierto y una paciencia que rara vez se han acabado.
Este valor añadido, esta red que supone Quinze, es algo cada vez más valioso y escaso en un mundo en el que nuestros hábitos de consumo van cambiando y la tecnología nos aleja de lo real y de lo humano; dificultando la existencia a tantos negocios familiares.
El ya lejano día de la inauguración estuvimos casi todos. Sin embargo, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Muchas cosas han cambiado y nuevas amistades, parejas y relaciones han nacido, mientras otras, las menos, se han roto. Toca acordarse, cómo no, de los que nos faltan, como mis abuelas Jesusa y Vitorina o mi tía Isabel, que aquel día vinieron con gran orgullo y alegría.
En fin, pediría volver a escribir otra carta dentro de 15 años, para el trigésimo aniversario, pero supongo que Belén también tendrá derecho a jubilarse. Hasta entonces y por algún tiempo no puedo sino recomendarles que la vayan a visitar a la calle Martínez Marina, donde siempre. Es una suerte para todos que esa persiana siga subiendo cada día.
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