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Si morir preciso fuera...

27 de Septiembre del 2026 - Enrique López de Turiso (Vitoria)

Volver a jurar la bandera cincuenta años después es algo tremendamente inusual. Solo los militares acometemos semejantes entusiasmos institucionales Aún con nuestras miserias, somos esos soldados que juramos la bandera lo mejor de unas FF AA que a mi juicio deberían acometer cambios. No es normal que todo siga igual cincuenta años después. Por supuesto que ha habido transformaciones. Todas ellas a caballo de las mutaciones tecnológicas, las cuales introducen procedimientos de combate de enorme dimensión. Tan es así, que quien posee los elementos más avanzados, sencillamente gana la guerra en términos generales. Un avance tecnológico pone patas arriba el transcurso de una contienda. Mis compañeros de academia me reprocharán olvidar otros elementos sustanciales, que otorgan al débil cierta posibilidad. De entre ellos sobresale la voluntad de vencer. Quien carece de esa moral de victoria está condenado al fracaso, aún con una potencial ventaja tecnológica. Pero bueno... Creo que me explico. Echo en falta en relación con nuestras FF AA, un debate social y profundo sobre las Fuerzas Armadas de un Estado. Un debate que habría de darse cuando las condiciones de serenidad y madurez de nuestros políticos, hoy del todo inexistentes, permitiesen propiciar un análisis en profundidad del modelo de ejército que necesitamos, casi siempre, primera característica, en continúan adaptación a los continuos cambios de todo tipo, sobre todo de las mentalidades sociales, mucho más de calado que la simple evolución científica. Jurar bandera es comprometerse incluso en derramar la sangre de cada cual si ello preciso fuere. Tal vez en el error, pero no concibo una guerra en España en la que nuestros jóvenes corran por ir a alistarse. Si es en el exterior, clamarán que cada cual apechugue con lo que le toca. Si es dentro, el ejército se verá superado porque es el pueblo en armas quien dirimirá la confrontación. ¿Qué objetivos a alcanzar, qué unidad nacional a defender serán los preponderantes? ¿En qué lado situarse en una esfera de colisión intestina? ¿En el del Gobierno legítimamente constituido conforme a elecciones? ¿En el del general mejor avalado que aúna el sentir preponderante entre los militares golpistas? ¿Tienen derecho a estructurar configuraciones nacionales aquellas autonomías díscolas que rechazan la unidad? ¿Habremos de hacer empleo del ejército nacional para hacer frente a levantamientos políticos y sociales de envergadura? ¿Utilizaremos el fuego de nuestras armas para poner en la frontera a miles de inmigrantes que rechazan ser expulsados? Gracias a Dios, la estabilidad de nuestro sistema democrático nacional y nuestro acoplamiento a estructuras supranacionales nos han dado paz y estabilidad. Nuestro ejército ha servido siempre bien en las misiones internacionales, y lo ha hecho externalizando nuestra peculiar forja de fiabilidad, de compromiso, de seriedad... Apoyamos misiones en el exterior. Pero esas no son nuestra guerra. Contribuimos a un modo que nos une internacionalmente. Pero no nos pegamos con un enemigo exterior que viene a por nosotros, ni nos pegamos entre nosotros mismos. Y ese riesgo, hoy ausente, siempre está ahí latiendo al capricho de estupideces de los mandatarios de turno, que se han hecho con un poder inusitado sin que muchos ciudadanos logremos entender muy bien por qué. A mí me gustaría por ejemplo una disposición legislativa que nos prohibiese entrar en guerra con nosotros mismos. Ya ven que chuminadas digo, para cualquier dictador, pero hablando de Fuerzas Armadas no quiero que mi ejército ni mis soldados se impliquen en la dañada cabeza de cualquier iluminado que interprete a su antojo el desmembramiento de nuestra unidad nacional. Ni quiero tampoco que nos veamos arrastrados a un conflicto con un vecino cualquiera, porque el gobernante de turno interprete la afrenta de cualquier manera fuera de lugar. Si morir preciso fuera, quiero que sea convencido de que por supuesto es del todo necesario, e incluso merece la pena.

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