De mal en peor: ni ladrillo, ni alquiler
El sector de la construcción en España afronta una crisis asfixiante por la falta de mano de obra. Es una paradoja si recordamos aquel mantra de los años sesenta: «Si la construcción va bien, todo va bien». En aquella época, el éxodo rural aportaba trabajadores y compradores. Hoy, solo hay exceso de clientes.
Durante los años setenta y ochenta, la llegada de la democracia y la expectativa de la UE impulsaron la necesidad de financiar partidos y sindicatos. Captar proyectos europeos para obras públicas y urbanismo se convirtió en una profesión. Los agentes sociales, anticipando el potencial de los Fondos de Formación Europeos, crearon alianzas estratégicas; IFES-UGT nació en 1985, antes de la entrada de España en la UE, mientras que la Fundación Laboral de la Construcción (FLC) se fundó años más tarde.
El cambio de siglo trajo un boom desmesurado del ladrillo. Incluso titulados universitarios abandonaron sus estudios atraídos por sueldos altos. Al estallar la burbuja, miles de operarios fueron expulsados hacia la hostelería. Más tarde, la pandemia precipitó jubilaciones y cierres, y las nuevas olas de inmigrantes prefieren el sector servicios antes que un oficio tan duro.
Quienes retuvieron propiedades descubrieron que era más rentable alquilar que promover obra nueva. Si ahora se interviene el mercado y se blinda el alquiler, retirarán la oferta. Ese será el remate final: ni ladrillo ni alquiler. El motor de nuestra economía amenaza con gripar por el beneficio sin ética. Si se decidiese hacer lo correcto: construir vivienda pública con alquileres accesibles y opción a compra; la patronal avisa que se necesita un millón de profesionales. Un reto para el que la FLC no parece preparada.
Este alarmante diagnóstico demuestra que, bloqueados por ideologías y políticas reactivas, carecemos de buenos gestores proactivos.
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