La criminalización de la dignidad
Asistimos a una regresión democrática preocupante: reclamar pacíficamente en la calle unas condiciones de vida habitables se trata ya como una anomalía, incluso como una lacra. Es un síntoma de deshumanización que ciertos mensajes de la derecha y la ultraderecha alimentan de forma sistemática.
Esta deriva no es casual, responde a una estrategia deliberada de erosión del debate público. En torno a estas movilizaciones, el informador riguroso cede su sitio a quienes buscan la provocación antes que el análisis. Fabrican confrontaciones artificiales para deslegitimar a quien protesta y convertir una demanda de justicia social en un espectáculo de marginalidad de consumo rápido.
El peligro de fondo está en un ecosistema hiperconectado que premia el contenido viral y vacío, sin espesor ético ni rigor, y que funciona como cortina de humo. Mientras tanto, los sectores más vulnerables quedan arrinconados y los privilegios de los grandes núcleos de poder, cada vez más influyentes, se blindan y se normalizan. Cuando exigir el cumplimiento de los pactos sociales mínimos se percibe como una amenaza al orden, es la democracia misma la que está en riesgo.
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