España, país de la eterna discusión
España vuelve a las urnas, que es una manera solemne de continuar una discusión que empezó hace siglos y nadie recuerda por qué. El español entra en el colegio electoral con la papeleta en la mano y la certeza de que el vecino ha elegido mal.
Somos un pueblo de virtudes incómodas: hospitalarios, valientes cuando la desgracia llama a la puerta, ingeniosos con poco dinero, capaces de sacar una fiesta de una mesa, una guitarra y cuatro amigos. Sabemos arrimarnos cuando arde la casa. Lo extraño es que, apagado el fuego, discutamos sobre quién sostuvo el cubo.
Nos pierde la terquedad. Confundimos carácter con razón, orgullo con dignidad y discrepancia con traición. La política sólo necesita ofrecernos una trinchera y nosotros hacemos el resto: banderas, agravios, consignas, memoria de abuelo y enemigos de sobremesa.
Mientras tanto, la vida pasa. El joven aplaza la casa; el viejo teme el mañana; el trabajador hace cuentas; el campo se queda solo; la ciudad se encarece; las familias envejecen; la educación tropieza y la economía corre detrás de algo.
Vendrán elecciones, promesas y salvadores. Cambiarán los nombres. Permanecerá el español, capaz de lo sublime y de lo absurdo, de darse entero por otro y de negarle la razón por orgullo.
Quizá ésa sea nuestra condena: tener un país formidable y emplear demasiada energía en demostrarnos que el otro no lo merece.
Y así seguiremos: cantando, discutiendo y llamando patria a nuestra propia trinchera.
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