Okupas de guante blanco
Se veía venir. Pero ya está todo arreglado. Esa pareja de buitres, ofendidos por haber sido así llamados por tantos ciudadanos en todo el territorio nacional, cuando todavía no había carroña frente a sus garras, ya no podrán quejarse más de tal cosa. Acaban de conseguirla. Ya la tienen. Ya pueden darse, finalmente, el gran festín, tras esos ocho años de hambruna (por lo menos en el caso que nos ocupa). Ya podrán presumir de haberse convertido, por tanto, en genuinos representantes del gremio. Acaban de entrar por la puerta grande como flamantes ejemplares de esta nueva subespecie de buitres sedentarios, Gyps fondusinvertismus, primos lejanos de ratas y cucarachas, que merodean ávidos de pelas allá donde olisquean presencia humana vulnerable. Buitres ¡por fin! Reconocidos de pleno derecho.
Auténticos, aunque mil veces menos elegantes que los leonados o los moteados (todos tan próximos y lejanos al tiempo, -género Gyps-); nada que ver con lo que puedan ustedes pensar. Pues nuestros buitres no pueden volar: sus presas se mueven lentamente en camillas, y ellos han desarrollado vientres pesados y oropeles corporales variados que se lo impiden. Total pa qué. Y chao, pescao, claro (a saber qué significa tal mantra, de alguien que sólo sabe afirmar, de ella misma, que le gusta la fruta...).
Nuestros buitres recién reconocidos no saben si ya lanzarse hoy mismo (no hay tiempo que perder) en busca de carroña inmediata y fresca (me consta que la hay, ahora mismo en Madrid, por ejemplo) o esperar un poquitín, tan encantados, orondos y satisfechos se hallan en sus salivaciones continuas cuando vienen a toparse con posibles nuevas maricármenes, lanzando entonces a su caterva de leguleyos, que se llenarán la boca diciendo que cumplen escrupulosamente con la ley. También así lo decía (y hacía) Hitler. Siempre cumplió su ley. No lo olvidemos.
Que disfruten, pues, de sus nuevos rólex (o no), maseratis y ferraris (sólo a tal fin quieren la pasta, ¿no? Poco más son capaces de imaginar para sus carteras multimillonarias. Quizá alguna pibita casi adolescente o algún whisky japonés a miles de euros/botella) que su hazaña les reportará a buen seguro en breve. Y, si les llega, también de algún jet privado que les acerque a alguna playa asimismo privada (claro), exclusiva (cómo adoran el adjetivo). Además, siempre habrá futura carroña alrededor que dejar morir para quedarse con pisos y áticos ajenos (a veces regalados por otros ejemplares sumisos, serviles genuflexos, gollums de testuces rígidas atoradas hacia los suelos por sus reverencias constantes, subespecie Gyps lammecuulus), argumentando todo tipo de infamias y derechos que legalmente los amparan frente a toda humanidad desechable. Y, si no, siempre queda el recurso de negociar con Netanyahu, pues, por donde el tipo se amontonan cadáveres, en las que fueron sus propiedades, que no salen en prensa. Más fácil. Bastará decir entonces que los terrenos donde posen las garras nuestros buitres para defecar y deglutir (en ellos es pareja la función) no pertenecían a nadie. También por allí, como en nuestra tierra, proliferan otros enlutados okupas (Blattodea) de guante blanco. Enhorabuena por el éxito, pareja. A seguir desahuciando. Pues en un par de meses (no mucho más) volverá a normalizarse todo.
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