Nuestro Adorado Tío Gili-to
¡Vaya, Trump! ¡Es ya el tercer premio Nobel que te roban este año! De entre las seis candidaturas a las que, nos consta, habías sido férreamente propuesto hace unos meses para 2026. Literatura, Paz, Química... ¡Cómo es posible! ¡Cómo lo han podido permitir Netanyahu, Putin y Simina (para legos, presidente electo de Micronesia). ¡Te lo han birlado los comunistas, los científicos, los reptilianos, los nibirus, los rosacruces, los martinistas, los golferos! ¡No hay derecho! (bueno, siempre les puedes obligar a que los compartan contigo, claro. Se te da bien).
No sé si te hicieron llegar, en algún momento, las diversas propuestas que a tal efecto se remitieron a la Academia Sueca, y el necesario y sintético listado (de ser en su totalidad, el documento alcanzaría un legado cercano al millón de folios) de méritos incuestionables, irrefutables, irrebatibles que te harían acreedor, no solo este año, sino en venideros, de todos los premios Nobel que puedan otorgarse de aquí hasta el finales de 2069, fecha que algunos astrólogos vaticinan, quizá (deberá su eminencia disculparme), de tu muerte. Pero queremos recordarlas para evitar presentes o futuras mayores injusticias.
Porque es evidente que, desde hace un tiempo, aquel famoso Tío Sam de los eheuhu ha dejado de pintar nada y debería ser obligado, a partir de ahora, a hablar de su sucesor, Tío Gilito Trump (Donald siempre fue, incluso para Disney, más mediocre). Por muchos motivos. Mas los que venimos a exponer hoy son sus innegables méritos para que le sean concedidos, no solo el ya tan injustamente robado hoy Premio Nobel de la Paz (ni siquiera Jesucristo hizo tanto como él está haciendo por la hermandad y concordia entre los pueblos del mundo), sino también todos los demás. Veamos:
Premio Nobel de Economía: nadie, en la historia de la Humanidad, ha sido capaz de gastarse, él solito, 11.300 millones de dólares en una semana, al comienzo de su mosqueo con Irán (era de Israel, pero lo dejaremos pasar, los tontos útiles no dejan de ser entrañables). Es el equivalente a la cantidad que reparte la lotería nacional en Navidad. Imaginen que todos los premios (incluidos reintegros) fuesen a parar a una única persona, y que ya al día siguiente se lo hubiese pulido todo. Ese es nuestro Gilito (Gili-to pa mí), Grande entre Grandes. Inigualable. Inconmensurable ejemplo. Aunque se deslicen algunas pequeñas sombras en tal logro: que esa pasta no sea suya y la estuvo empleando en bombardear a diestro y siniestro (por mor de la Paz, no lo olvidemos, que solo se alcanzará cuando todos los de enfrente hayan sido exterminados). A día de hoy, parece que la cantidad se ha cuadriplicado. Cuatro sorteos de lotería nacional to pa él, sin migajas ni participaciones. De aquí a 2030 mínimo.
Premio Nobel de Medicina: Por haber descubierto, cuales divinas revelaciones en tiempo récord, sin refrendo ni investigación previa, pero de innegable certeza, que beber lejía es el mejor remedio para curar cualquier infección vírica; que las vacunas son absolutamente inútiles; que los pesticidas cancerígenos son la mejor solución para nuestra alimentación y la sanidad pública; que la armas de fuego no son mortíferas porque solo nos defienden; que la tala indiscriminada de bosques es el mejor remedio para evitar incendios forestales; etc.
El de Física, indirecta, al demostrarnos, al resto del mundo, la veracidad incuestionable del terraplanismo (en el que por cierto tanto le cuesta ubicar nuestro país). La tercera dimensión no existe, nunca ha existido. Vivimos en un plano (incluso mental, excelso ejemplo nos regala nuestro ente naranja), todo lo tridimensional es un falso constructo demoníaco de la izquierda.
El de Química (ya también hoy sisado). Tuvo que venir nuestro admirado Tío Gili (permítaseme ya en confianza el cariñoso diminutivo) al mundo para evidenciar de forma tan admirable e intuitiva, lejos de toda mácula científica deleznable e interesada, que el Dios de sus billetes verdes creó el Universo hace diez mil años (ni uno más, ni uno menos) y al Hombre hace cinco mil. Solo la avanzadilla de innovadores docentes creacionistas ha podido nacer henchida de tal enseñanza de trasmisión divina, de esa verdad irrefutable. Trump lo sabe. Nada que objetar. Pura ciencia incontaminada.
Y, aunque parezca disparatado, también se merecía, sin atisbo de duda, el Premio Nobel de Literatura, por su cuasi divina capacidad de economía, concreción y síntesis lingüística: se ha comprobado que la riqueza de su vocabulario alcanza sólo las 1500 palabras, similar al que puede emplear cualquier preadolescente de entre once a catorce años. Sobre el número de entradas simples que recoge el diccionario Oxford English Dictionary (300.000, el más reputado y completo de palabras en su lengua inglesa), Trump ostenta otro récord mundial mandatario admirable: únicamente llega a emplear un 0,5% (cinco de cada mil) de las palabras de su propio idioma. Excepcional. Magistral economía verborreica buco nasal ladeada (ya que apenas sabe escribir, solo firmar).
Y, finalmente, el premio Nobel de la Paz... ¡Cómo no! Dice haber terminado con más guerras que países tiene la ONU. ¿No es inconmensurable? ¿No deberían otorgarle no uno, sino uno por cada guerra que afirma haber terminado? ¡Qué vergüenza que no hayan comenzado ya mismo! La Paz (urbi et orbi), que él sí puede otorgar. Más eficaz que la de su seguidor Jesucristo. Además, lograr tanta paz por simple exterminio del disidente, del vecino, del contrario. ¿No es la mejor solución que la humanidad ha alcanzado para erradicar todo conflicto bélico? Pues no, de nuevo el hurto, el saqueo, la injusticia.
Casi deberíamos proponer a las Academias Sueca y Noruega (no vayan a ser borradas del mapa, así sus países, por mor de la Paz) que tales galardones, en todas sus modalidades, recaigan anualmente, como señalamos, y de forma vitalicia en la Egregia Persona de nuestro personaje a partir de este 2026, año Dos de la Gloriosa Nueva Era por ...l instaurada. Como poco hasta su muerte. Y esperemos que no se le ocurra resucitar...
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