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Confesiones de un rentista protegido

11 de Octubre del 2026 - Daniel F. Vázquez Heres (Oviedo)

Confieso que soy un rentista.

Sí, amigos. Soy uno de esos seres que, según ciertas tertulias, nacemos con un piso bajo el brazo y aprendemos a actualizar alquileres antes que a montar en bicicleta.

Como es natural, los últimos decretos de vivienda nos tienen preocupados. Pero en la última reunión de la AMEI (Asociación de Malvados Explotadores de Inquilinos), entre el punto de «dominación mundial» y el de «ruegos y derramas», se nos ocurrió un plan brillante.

Gracias, entre otras cosas, a los inquilinos que llevo años explotando, estoy terminando de pagar la hipoteca del tercer piso. En estos momentos, con la tensión actual, comprar el cuarto me apetece cada vez menos. Así que he decidido hacer de la necesidad virtud, siguiendo aquella enseñanza del presidente del Gobierno. Y es que los pequeños rentistas también tenemos derecho a inspirarnos en los grandes maestros de la Moncloa.

Me voy de alquiler.

Sí, has leído bien. Esta vez estaré al otro lado del contrato.

He encontrado una casita en uno de esos pueblos que aparecen en los discursos sobre la España vaciada y desaparecen cuando se reparten los servicios. Lejos de las zonas tensionadas. Un sitio donde la principal tensión es averiguar si mañana llegará la cobertura del móvil hasta la cocina.

La que me ha gustado sale por 400 euros al mes, e incluso tiene un trocito de terreno. 4.800 euros al año: lo que ingreso, en bruto, en tres meses por mis otros alquileres.

Ya tengo dónde cultivar tomates y reflexionar sobre mis pecados inmobiliarios. Al principio había pensado ir solo los fines de semana, sobre todo para descansar del ruido de las manifestaciones. Pero, para que nadie confunda una segunda residencia con una vivienda habitual, me mudaré de verdad, o al menos me empadronaré allí. Cuando uno cambia de bando, debe hacerlo con todas las consecuencias. Hasta con las macetas.

Y aquí viene lo interesante: conservaré mis pisos, mi patrimonio y mis ingresos, es más, pondré el piso en el que vivo en alquiler, ahora mismo por otros 1400 más al mes, pero también seré inquilino. Podré beneficiarme de las protecciones generales que me correspondan, sin tener que demostrar que mi casero es más rico que yo.

Además, si, como dice Pedro, sale adelante la reforma de las prórrogas prevista para noviembre, determinadas decisiones de no renovarme el contrato podrán obligarlo a indemnizarme.

Imaginemos que mi casero es un jubilado que conserva la casa de sus padres y completa su pensión con esos 300 euros. Tendrá muchos menos ingresos y mucho menos patrimonio que yo. Pero, amigos, el malvado casero será él. ¡Qué alivio! Ya tenemos localizado al poderoso explotador.

Yo seguiré siendo exactamente la misma persona: los mismos pisos, los mismos ahorros (en realidad, 1000 más al mes) y la misma preocupante afición a cobrar las rentas a primeros de mes. Pero habré aprendido a disfrutar de las medidas que antes me inquietaban. Todo sin cambiar de principios: solo cambiando de casilla en el contrato.

Por mi parte, agradezco esta oportunidad de rehabilitación. Años pagando hipotecas no habían conseguido librarme de la condición de malvado rentista. Firmar como arrendatario ha sido mano de santo.

No sé qué tal le irá al jubilado con esta nueva distribución de la justicia social. Le recomendaré que haga de la necesidad virtud.

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