Apostemos por lo humano
El pasado miércoles entré en directo con Joseph Benaisa en «Algo Contigo», un maravilloso programa que ahora suena en El Ascensor FM. La llamada giraba en torno a mi concepción, como joven estudiante de Periodismo, de las muchas cosas que están sucediendo en el mundo, y de la falta de humanidad y sosiego de la que adolece nuestra sociedad.
En una de mis intervenciones emergió de mí, sobre la marcha, un pensamiento que nunca había tenido pero en el que sí creo profundamente. En ocasiones, cuando hablamos, decimos cosas en las que nunca nos habíamos detenido, que nunca habíamos pensado, pero que brotan desde nuestro interior y, en efecto, son ideas en las que creemos. Supongo que nacen en lo hondo de nuestras convicciones y que, por eso, no necesitan pasar por el filtro de la prudencia que precede al discurso en público.
La reflexión que planteé fue la siguiente: el bronco, despiadado y enfurecido discurso que prolifera y triunfa en las redes sociales, en el terreno de lo impersonal, desaparece cuando dos personas conversan y contraponen ideas de tú a tú. Desde esa interacción personal y cercana en la que se produce el diálogo, suelen aflorar ideas interesantes y conclusiones positivas que demuestran que el respeto construye más que el desprecio y el incendio. Eso sí, este intercambio de posturas debe producirse en un entorno tranquilo y sin presión. No sirve el parlamento, tampoco un plató de televisión.
Al fin y al cabo, todo se trata de ver en el otro a un humano, y no a un contrincante. Ya no sólo por la paz social, sino también por nuestro propio interés, quiero pensar. ¿No nos iría mejor como país si dialogáramos más? ¿No sería todo más sencillo si, en vez de lanzarnos piedras, estrecháramos nuestras manos? Grandes pactos en materias como la educativa podrían cristalizarse, y eso nos beneficiaría a todos.
Ahora bien, en un escenario tan radicalizado, esto se hace muy complicado. Se ha sembrado tanta división y tanta tensión que, ya sólo por orgullo, a ver quién es capaz de deshacer de su mente ese esquema de odio y rivalidad. Por eso presiento que algo malo va a suceder. No sé el qué, ni tengo argumentos racionales que sostengan lo que afirmo, pero auguro un futuro próximo oscuro. No veo en qué momento ni en qué circunstancias puede darse un retorno en la espiral que hemos adoptado, si ni siquiera somos capaces de unirnos ante un tema tan transversal a todos como lo es el de la vivienda.
Las reflexiones que comparto en estas líneas vienen muy condicionadas por el consumo de información en medios y en redes del que alimento mi conocimiento sobre el mundo. El pesimismo que siento seguramente proceda de la intensa cobertura mediática que se hace sobre el lado menos humano de la política, y también de los mensajes que el algoritmo de X me hace llegar. Y eso crea un gran sesgo en mí, como imagino que también sucederá con mucha gente.
Por eso, voy a intentar luchar contra esa percepción generalizada de nuestro mundo para pensar que somos mayoría los que queremos una sociedad unida, y que son minoría los que disfrutan del odio y lo buscan. Voy a esforzarme en pensarlo. Las minorías son mucho más ruidosas que las mayorías, y sería una lástima que, por culpa del ruido que hacen las primeras, las segundas acabaran contagiándose de las consignas que impulsan quienes rechazan el sosiego.
Por eso, prefiero quedarme con las relaciones humanas y agarrarme a esa sensación que tengo de que las personas nos queremos y entendemos más cuando nos tenemos frente a frente. Pero esto no deja de ser el pensamiento de un joven de 20 años que apenas ha vivido situaciones de crispación social o que tal vez nunca ha sido consciente de ello hasta ahora, por lo que poco cuenta mi voz en este debate público tan complejo. Pero bueno, me apetecía poner por escrito lo que siento, confiando en que todo sea pasajero y en que en muchas de las ideas agoreras que he expuesto me encuentre equivocado.
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