No hay humanidad sin responsabilidad
Es curioso: vemos disminuir nuestros recursos y nuestra calidad de vida; la sanidad no funciona como debería, la vivienda se vuelve imposible, los salarios no llegan, la vida se encarece y nuestras fronteras se desbordan. Y todavía hay quienes afirman que «la dignidad no tiene fronteras».
Señora, o protegemos lo nuestro o ponemos en riesgo lo que hemos construido. No hay otra. La solidaridad está muy bien, pero cuando tenemos dos continentes prácticamente pegados, con más del 77 % de la población mundial entre ambos, y añadimos a los países hermanos de habla hispana, convendría calcular cuántas personas podrían querer entrar en España si perciben que nuestras fronteras pueden traspasarse sin consecuencias. ¿Y después qué? ¿También vamos a repartir aquello por lo que lucharon nuestros padres: las libertades, la democracia, el bienestar y la seguridad? No se puede ser tan irresponsable.
No se pueden confundir la ley, la humanidad y el derecho de asilo. Quienes huyen de guerras y persecuciones deben recibir protección, pero no podemos llamar refugiado a todo el que llega. De quienes entraron en Ceuta durante la invasión, pocos podían considerarse automáticamente refugiados de guerra. Dice que sus circunstancias deben estudiarse y la ley debe cumplirse. Si hablamos de vulnerabilidad y pobreza como argumentos para acoger sin límites, entonces que se prepare España y Europa, porque los recursos de ningún país son ilimitados.
Por eso no puede gobernar cualquiera. Hay que saber distinguir entre humanidad y responsabilidad. No hay humanidad sin responsabilidad.
Su escrito es un canto al moralismo sentimental, como si los buenos sentimientos bastaran para resolver problemas complejos. Hasta Jesús nos dejó una enseñanza que viene al caso: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Usted propone ayudar primero a todo el que llegue y estudiar después sus circunstancias. Pero ¿qué ocurriría si, en lugar de miles, llegara un millón de personas de golpe? En Ceuta alrededor de 80.000 personas entraron en apenas un día. No hace falta imaginar mucho más para comprender que gobernar exige prever las consecuencias, no limitarse a proclamar buenas intenciones.
A veces pienso que quienes defienden estas posturas con tanta ligereza creen que el bienestar de un país pertenece a nadie y, por tanto, puede regalarse sin límite ni coste. Pero ese bienestar ha costado décadas de esfuerzo y sacrificio.
Mientras tanto, la vivienda es inaccesible, la sanidad soporta una presión enorme y nuestros mayores mueren solos o llegan a situaciones desesperadas. Les ofrecemos la eutanasia como respuesta a un sufrimiento que también debería obligarnos a reflexionar sobre nuestra capacidad de cuidar. Para quienes vienen de fuera, acogida; para quienes llevan toda una vida aquí, ¿qué queda?
Me gustaría saber dónde están sus padres y sus abuelos, y si ha demostrado con ellos el mismo compromiso que reclama para quienes vienen de fuera. Porque la solidaridad no puede convertirse en una excusa para olvidarnos de los nuestros.
Construir el bienestar de un país cuesta años; destruirlo puede llevar mucho menos. Acoger a quien realmente necesita protección es un deber, pero también lo es controlar las fronteras, cumplir la ley y garantizar que nuestros recursos alcancen para atender a quienes ya viven aquí.
Lo siento, tenía que decirlo. Y no se enfade; podría ser bastante más duro. Por ejemplo: hablar de la cultura, del radicalismo religioso, de la educación... de quienes vienen. ¿Ya nos olvidamos del terrorismo yihadista?, una amenaza latente para Europa, pues nada, que vengan aquí. Nos babamos de hablar de igualdad y de feminismo, pues vea de dónde vienen.
Perdone, es tal la ligereza de su opinión que duele razonarla.
La humanidad sin responsabilidad es sentimentalismo. Y el sentimentalismo, cuando se convierte en política, puede acabar poniendo en peligro aquello que pretende defender.
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