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En memoria del profesor Enrique Martínez Rodríguez, maestro, cirujano y amigo

15 de Octubre del 2026 - Ahmad Tamimi (Amman)

La medicina asturiana ha perdido a uno de sus grandes cirujanos y docentes: el profesor Enrique Martínez Rodríguez. Quienes tuvimos la fortuna de conocerle como alumnos, compañeros y amigos recordaremos siempre no solo su categoría científica y profesional, sino también su humanidad, su humildad y su extraordinaria cercanía.

Mi primer encuentro con él tuvo lugar cuando yo era estudiante de Medicina en la Universidad de Oviedo. Comenzábamos entonces la asignatura de Patología Quirúrgica I, coordinada por el profesor Luis Estrada, coincidiendo con el estreno del nuevo edificio de la Facultad de Medicina en El Cristo.

Aquel equipo docente era excelente, pero Enrique Martínez destacaba de manera especial. Asistir a sus clases era un auténtico placer. Poseía una capacidad excepcional para explicar conceptos complejos de forma sencilla, clara y comprensible. Sus lecciones transmitían serenidad y despertaban el entusiasmo por aprender. Era cercano a los alumnos, humilde en el trato y extraordinariamente generoso a la hora de transmitir sus conocimientos.

Obtuve en aquella asignatura la calificación de sobresaliente y recuerdo especialmente haber conseguido una nota alta en el primer examen. Con el paso de los años he pensado muchas veces que aquella experiencia pudo representar una de las primeras semillas que despertaron en mí la inclinación hacia una especialidad quirúrgica, camino que finalmente me condujo a la Neurocirugía.

Al finalizar la licenciatura e iniciar mis estudios de doctorado, Enrique Martínez volvió a ser mi profesor. Impartió un curso sobre la biología de la reparación tisular de las heridas, una auténtica puesta al día científica de gran nivel, reflejo de su rigor académico y de su permanente inquietud por los avances de la medicina.

Durante aquella etapa de mi formación doctoral se produjo, además, un acontecimiento que marcaría profundamente mi posterior trayectoria universitaria. El profesor Antonio Pérez Casas, entonces decano de la Facultad de Medicina, me ofreció la oportunidad de impartir un curso monográfico de doctorado sobre traumatismos craneoencefálicos.

Para mí, todavía joven, aquello suponía una enorme responsabilidad y, al mismo tiempo, un gran desafío. El profesor Enrique Martínez era entonces el coordinador de los cursos monográficos de doctorado y, a raíz de aquella actividad, fui nombrado profesor honorífico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Oviedo.

Aquella primera experiencia docente despertó en mí una inquietud académica que me acompañaría durante toda mi vida profesional. Descubrí cuánto disfrutaba enseñando y compartiendo conocimientos con los estudiantes. Recuerdo con especial satisfacción que el aula se llenaba durante aquellas clases, a pesar de que la asistencia no era obligatoria ni se pasaba lista. Ver a tantos alumnos acudir voluntariamente suponía para mí una enorme satisfacción y confirmó una vocación docente que, junto a la Neurocirugía, acabaría constituyendo una parte esencial de mi trayectoria profesional.

Años después tuve la grata sorpresa de encontrar al profesor Enrique Martínez formando parte del tribunal de mi tesis doctoral. Su presencia significó mucho para mí, tanto por su prestigio científico como por la objetividad y el rigor que siempre le caracterizaron. La tesis obtuvo la calificación de sobresaliente cum laude, y recuerdo con especial afecto su felicitación al finalizar el acto. En aquel momento no sentí únicamente la felicitación de quien había sido uno de mis profesores; sentí también la felicitación sincera de un amigo.

En 1984 dejé Oviedo para incorporarme al Servicio de Neurocirugía en Gran Canaria y, en 1990, regresé a Jordania para incorporarme a la Universidad de Jordania. La distancia, sin embargo, nunca rompió nuestra relación. Cada vez que regresaba a Oviedo procuraba acercarme a la Facultad de Medicina y saludarle. Siempre se interesaba por mi trayectoria profesional, por mi actividad académica, por la Universidad de Jordania y también por Jordania. En varias ocasiones hablamos incluso de la posibilidad de desarrollar alguna colaboración conjunta que, lamentablemente, las circunstancias no permitieron materializar.

Lo visité también durante su etapa como decano de la Facultad de Medicina, concretamente en su último año al frente del centro, en 2004. Recuerdo que me mostró y me entregó varios calendarios y modelos de organización académica de la Facultad. Me impresionaron por su claridad, modernidad y excelente planificación.

Aquellos documentos y, sobre todo, las ideas que reflejaban me resultaron posteriormente de gran utilidad cuando yo mismo asumí responsabilidades como decano de una Facultad de Medicina. De alguna manera, después de tantos años, el Dr. Enrique seguía siendo para mí un maestro y continuaba enseñándome, esta vez no desde el aula, sino a través de su experiencia en la gestión universitaria.

Volvimos a encontrarnos con motivo de las Bodas de Plata de nuestra promoción y posteriormente, de forma más esporádica, en mis visitas a Oviedo. Cada vez que regresaba a la ciudad procuraba pasar por la Facultad para reencontrarme con antiguos profesores, compañeros y amigos. El afecto y el respeto que siempre sentí por Enrique permanecieron intactos con el paso de los años.

Actualmente estoy escribiendo mi autobiografía y, naturalmente, Enrique Martínez Rodríguez ocupa en ella un lugar propio. Sería imposible relatar mi formación médica, quirúrgica, científica y académica sin recordar a uno de los profesores que dejaron una huella tan profunda en aquellos años decisivos de mi vida.

Y ahora, precisamente cuando nos encontramos a las puertas de celebrar las Bodas de Oro de nuestra promoción, recibimos la dolorosa noticia de su fallecimiento.

Hemos perdido a uno de nuestros grandes profesores, pero también a un compañero y a un amigo.

Querido Enrique: el verdadero legado de un maestro no se mide únicamente por los cargos que desempeñó, por las operaciones que realizó o por los trabajos científicos que publicó. Se mide también por la huella que deja en quienes tuvieron la fortuna de aprender de él.

Y tu huella permanece en las generaciones de médicos a quienes enseñaste, en los cirujanos que se formaron contigo, en los pacientes a quienes atendiste durante décadas y en todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerte.

Los grandes maestros nunca desaparecen del todo, porque continúan viviendo en sus discípulos y en aquello que fueron capaces de transmitirles.

Descansa en paz, querido Enrique, profesor, maestro y amigo. Tu huella permanecerá siempre entre nosotros.

Prof. Ahmad Faleh Tamimi, M.D., Ph.D., catedrático de Neurocirugía

Universidad de Jordania

Antiguo alumno y exprofesor honorífico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Oviedo

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