Pilar
Este ha sido el primer día del Pilar sin mi madre, María del Pilar Vázquez Mariño.
"Caldereros de las mariñas lucenses vinieron al calor de la mina de Arnao, de ahí el segundo apellido", decía. O eso creo recordar, tengo mala memoria.
Pilarina y Olivina, hijas de Chano y Alegría; de Los Solises, camín de La Arena, de donde era mi abuela, ida y vuelta en tren, que para eso su padre trabajaba en los talleres de la Renfe. Mi abuelo era un hombre afable y cariñoso, un buen hombre. No lo suficientemente atrevido o visionario como para permitir que su hija siguiera estudiando, ni aun cuando su maestra y el director de su escuela vinieron a su casa para pedirle que la dejara seguir con los libros, que era excepcionalmente inteligente. Mi abuela no pudo decir nada. Las cosas de "antes". Así, entre vainicas y pichis que yo detestaba, siguió leyendo y aprendiendo, solo para sí misma. Era brillante. Podría haber sido cualquier cosa que se hubiera propuesto, crítica de arte, investigadora del cosmos, catedrática de Lengua y Literatura... Mi padre y yo, prácticos y desmemoriados, nunca estuvimos a su altura.
Aquel viejo asunto no impidió un amor incondicional por su padre; su muerte instaló en ella una tristeza profunda, de la que jamás se recuperó.
"Ana", me decía a veces, "que no me llamen Pili. Me llamo Pilar".
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