Veranillos de una Navarra infinita
Dejamos atrás el veranillo de San Miguel que define la transición entre el verano y el otoño. Estamos inmersos en el de Santa Teresa y aún nos quedan por llegar el de San Martín y el de San Andrés. Bonanzas climatológicas que exhiben tonalidades preciosas de luz, además de un abrazo misericorde de calor que adquiere especial dimensión en los atardeceres de algunos espacios pamploneses. El parque de la Taconera o el Paseo de Ronda desbordan bienestar. ¿Quién dice de cambios climatológicos?. Supongo que la exhalación a la atmosfera del gran consumo de energía que hacemos acabará pasándonos factura. Entretanto, los veranillos están aquí desde nuestros tatarabuelos. Razón de más para disfrutarlos sin perdón quienes trabajan a turnos, o bien la vida nos sitúa en un tramo de gozo que hemos de apurar. No os cuento de Ultzama, del robledal de Orgi, de Velate, del hayedo del Irati... Navarra derrocha sabor, olor y frescura. Poderío verde a raudales. Los bosques, protegidos de la sequedad del sol inclemente de este pasado verano, pavonean sus mil tonos. No hay espacio para la excusa. Quien pueda saborear Navarra que la saboree, antes de que la nueva estación agote nuestra respuesta.
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