Para los economistas de las cuentas fáciles: pensiones
Aquí conviene detenerse en una cuestión que algunos economistas, demasiado oportunistas a veces y excesivamente cómodos con sus cálculos, parecen olvidar cuando hablan de las pensiones.
Muchos pensionistas, después de toda una vida de trabajo, esfuerzo y sacrificios, consiguieron comprar una vivienda y alcanzar una pensión que les permite vivir con cierta dignidad. Pero no todos disfrutan de esa situación, ni todas las pensiones son suficientes. Y, aun así, hay algo que las frías estadísticas rara vez reflejan en toda su dimensión: la enorme aportación económica y humana que nuestros mayores siguen haciendo a la sociedad.
Porque su pensión no es solamente para ellos.
Una parte importante de ese dinero acaba en manos de hijos y nietos que no pueden independizarse, que soportan alquileres desorbitados, que cobran salarios insuficientes o que necesitan ayuda para alimentar a sus hijos. Muchos pensionistas pagan compras, recibos, estudios, alimentación, gastos imprevistos y hasta parte de la vivienda de sus familiares. Otros ofrecen algo todavía más difícil de cuantificar: tiempo, cuidados, acompañamiento y apoyo cotidiano.
Su pensión, por tanto, no solo sostiene al pensionista. También contribuye a paliar la precariedad de muchas familias y, en particular, las dificultades de una juventud que se encuentra con un mercado de la vivienda inaccesible y unas condiciones económicas que retrasan su independencia. Y siguen pagando impuestos directos e indirectos.
Y eso tiene un valor social y económico que no puede desaparecer de las cuentas porque resulte difícil ponerle una cifra exacta.
Señores economistas, ¿han calculado cuánto le costaría al Estado y al conjunto de la sociedad sustituir toda esa ayuda familiar si los pensionistas dejaran de prestarla? ¿Han calculado cuántas familias caerían en una situación de pobreza más grave si los abuelos dejaran de contribuir a los gastos de sus hijos y nietos? ¿Han cuantificado el coste de los cuidados que hoy prestan gratuitamente y que, de otro modo, habría que asumir mediante servicios públicos o contrataciones privadas?
Hagamos el ejercicio contrario al que tantas veces se plantea: imaginemos que cada pensionista guardara para sí hasta el último euro de su pensión y dejara de ayudar económicamente a sus familiares. ¿Qué ocurriría entonces con miles de hogares? ¿Cuánto aumentaría la necesidad de ayudas públicas? ¿Qué consecuencias tendría para la pobreza infantil, la emancipación juvenil y la estabilidad de tantas familias?
No se trata de afirmar que todas las pensiones se reparten entre familiares ni de negar que el sistema deba ser sostenible. Se trata de algo mucho más elemental: si se pretende hacer un análisis económico serio, hay que contabilizar también lo que las pensiones aportan al conjunto de la sociedad, no solamente lo que cuestan al presupuesto público.
Hablar de sostenibilidad es legítimo y necesario. Utilizarla como excusa para enfrentar a jóvenes y mayores, sin medir las consecuencias familiares y sociales de las decisiones que se proponen, es una visión incompleta de la realidad.
Y hay una injusticia moral que tampoco deberíamos pasar por alto. Muchos de esos pensionistas trabajaron durante décadas, cotizaron, sostuvieron a sus familias y contribuyeron a levantar el país del que hoy disfrutan las nuevas generaciones. Presentarlos ahora como una carga, sin reconocer su trayectoria ni su solidaridad cotidiana, es una forma de ingratitud que no debería tener cabida en un debate económico honesto.
No se puede pedir a los mayores que sean solidarios toda su vida y después reprocharles que reciban una pensión digna. Tampoco se puede hablar de proteger a los jóvenes mientras se ignora que, en muchos hogares, son precisamente los abuelos quienes evitan que esos jóvenes y sus hijos caigan en una situación todavía más precaria.
Si de verdad preocupa el futuro de la juventud, hay que abordar el precio de la vivienda, los salarios, la precariedad laboral y las dificultades para formar una familia. Enfrentar a generaciones que se necesitan mutuamente no soluciona ninguno de esos problemas.
Y a quienes presentan la pensión digna como una amenaza para el futuro de los jóvenes habría que recordarles que el verdadero fracaso sería construir un país en el que ni los mayores pudieran vivir con tranquilidad ni los jóvenes pudieran construir su propio futuro.
Las cuentas públicas importan. Pero también importan las cuentas de las familias. Y una política económica que solo contempla las primeras, ignorando las segundas, estará condenada a ofrecer diagnósticos incompletos y soluciones injustas.
Por eso, pensiones y pensionistas deberían quedar fuera del discurso electoral del miedo. Si quieren su voto, que no recurran a amenazas infundadas: su aportación a la sociedad va mucho más allá de cualquier manipulación.
Lo mismo ocurre con otros colectivos, como las mujeres. Utilizarlos electoralmente es faltar al respeto a su inteligencia y a su capacidad de decidir.
Economistas de pacotilla: las pensiones no solo son sostenibles, sostienen.
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