Aurorita, una buena amiga
Dentro de unos días se cumplirá el año de tu marcha y yo, en mi nombre y el de todas las amigas que a diario nos reuníamos en el Manila para tomar nuestro café, quiero dedicarte este recordatorio.
Que te quisimos mucho, tú lo sabías, pero nunca pudiste imaginar el vacío tan grande que dejó tu desaparición. Tu presencia está en todas nuestras conversaciones (no te pusimos alas), hablamos de todo, de tus ansias de vivir (a pesar de tus dolencias), de ti como un ser supercariñoso amante de los tuyos, arrogante, espléndida. Y de tu terquedad, que llegaba a desesperarnos. A cualquier comentario que hiciéramos, tu primera frase era ¡no! Creo que lo hacías para provocar un debate, cosa que, sin duda, conseguías y daba tema para las dos horas largas que pasábamos en la cafetería.
Tu marcha, Aurorita, en alguna de nosotros cambió la manera de ver la vida, no exagero, Remedios, siempre tan callejera, y dispuesta a cualquier evento que la sacara de casa, dejó de tener interés por todo ello y a menudo me llama para decirme lo mucho que añora tus pequeñas y graciosas discusiones.
De mí, qué puedo decirte... naciste al lado de mi casa, misma edad, madres amigas, no hay en mi álbum de fotos familiares ninguna en la que no estés tú. Nuestros novios y luego maridos eran amigos... Tú no fuiste mi amiga, Aurorita, fuiste mi otra hermana, con la que más discutí y nunca me enfadé, porque todo lo que tu temperamento te obligaba a echar por la boca, en cuanto llegabas a casa, te faltaba tiempo para correr al teléfono y disculparte. El corazón te salía del pecho de grande que lo tenías, y por ello te repito que ¡fuiste mi gran amiga y que nunca te olvidaré!
En una de nuestras últimas conversaciones me dijiste: Loli, tú que aún puedes, diviértete por ti y por mí.
Te juro, Aurorita, que lo estoy haciendo. Al revés que Remedios, no paro en casa. (¿Sabías que somos vecinas de panteón?)
Lolita Palacios Sánchez
Sama de Langreo
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