Mirar sin mirar
Ponemos una película, apagamos la luz y nos acomodamos en el sofá. Diez minutos después, ya tenemos el móvil en la mano. Consultamos un mensaje, abrimos una red social y, cuando volvemos a mirar la televisión, hemos perdido el hilo de la historia. Pero la película continúa.
En el cine, en cambio, ocurre algo curioso. Entramos en una sala oscura, guardamos el móvil y aceptamos pasar dos horas sin hacer nada más que mirar. La misma persona que en casa no aguanta veinte minutos sin consultar una notificación puede salir del cine sin haber mirado la pantalla del teléfono ni una sola vez.
Quizá hemos aprendido a consumir películas sin llegar a mirarlas de verdad. Y quizá el valor de las salas de cine ya no reside únicamente en el tamaño de la pantalla, sino en todo aquello que conseguimos dejar fuera. En un mundo que reclama constantemente nuestra atención, el cine todavía nos invita a dedicarla por completo a una sola historia.
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