Entre luces de gas y gritos en la niebla
Aprovechando la rendijita que -quizá fugazmente- abren a la ingenua y voluntariosa esperanza ciudadana hechos tan recientes como la inédita (y polisémica) resistencia al mando de un Tribunal Constitucional con enraizamiento gubernativo y vocación de Supremo, uno puede verse tentado a colarse en la tribuna del lector para compartir consabidos.
¡Hecho!
Viendo y sufriendo la patética e insultante fragilidad que buena parte de nuestras instituciones vienen exhibiendo desde hace años -por la que nuestro desangelado Estado de Derecho es un organismo que parece carecer de las mínimas defensas contra cualquier mutación, contaminación, infección, okupación, humillación o violencia instrumental-, es fácil (si no imperativo) caer en esa tentación de venir aquí a compartir desasosiego y pedir ayuda. Para empezar, ayuda cercana, porque la pobre Europa idealizada, secuestrable (y secuestrada) -que casi siempre nos precede hasta en los hundimientos guerracivilistas-, no está para acudir con primeros auxilios, sino para pedirlos si hubiera dónde, más acá de un "Dios escondido" (como reza humilde, retadora y elocuentemente cierto altar asturiano). Y hacerlo -vacunándonos con vacunas y no con otras cosas- en esta ajustada tregua que nos da la Historia: nos quedan poco más de cinco semanas para reflexionar, decidir y registrar. Y para hacerlo, obedeciendo solo la letra del patético eslogan hospitalario: no para firmar una vergonzosa rendición por abstención (autocancelación), sino en modo Pelayo, para echarse al terreno de juego, más con conocimiento del percal -agenda y colaterales- y afán íntimo -ideas y exigencias- que con inane y gregario seguidismo futbolero.
Concreto el asunto: para que esta anteúltima oportunidad no se desaproveche total o parciamente no basta con que nos estudiemos unos programas electorales voluntariosos o llenos de fabulaciones con genoma o vocación de esterilidad, lastrados con cortinas de humo alagartadas o simples patrañas, sino que tratemos de buscar en ellos -o en las escasas oportunidades que nos den sus voceros-, de debatir e identificar soluciones concretas, viables y plausibles, a carencias y fallas sistémicas suicidas. Con este objetivo me permito rogar a todos los juristas que, ocasionalmente o con estimulante frecuencia, sientan sensata e independiente cátedra desde estas páginas de LA NUEVA ESPAÑA que se esfuercen por definir con claridad -reiterativa si es preciso- un cuadro sinóptico de nuestras taras: las tierras movedizas que pisamos, las minas de falsa bandera, las suicidas bombas de relojería, los malos materiales de construcción, los defectos estructurales y los errores de concepción y diseño de nuestro frágil y enfermizo sistema constitucional. Se trata de propiciar una etapa no solo de restañado de heridas, sino de prevención de riesgos y más daños. Ayúdennos, por favor, desde la Ciencia a sus Ingenierías, desde la Filosofía del Derecho -ese Espíritu de las Leyes que da nombre a una veterana sección de este periódico- a su praxis realista, cotidiana y más susceptible de controversia, acoso, secuestro o contaminación -sea modo ejercicio de la abogacía o de la competición política. Incluyendo esa ineludible -potencialmente sana y constructiva, aunque lamentablemente prostituible- tensión entre ciudadanos y juristas, entre la Democracia y el Derecho que da nombre a una recomendable antología recientemente publicada por uno de los maestros requeridos desde estas inmodestas líneas.
Julio L. Bueno de las Heras
Oviedo
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