Un libro para situarse
He leído recientemente la etnografía de una panderetera asturiana. Supongo que este periódico ya se habrá hecho eco de su publicación, pero a mí me parece un opúsculo de importancia perenne y, por tanto, histórica, como lo puede ser una construcción en piedra.
A mí, inicialmente, la obra me abocaba a un rechazo profundo por cuanto se arma sobre un andamiaje teorético e inflamado de soberbia; no se debe jugar a abrumar al otro con un conocimiento que dista de ser intersubjetivo -a lo sumo, se lo entiende una camarilla de ensimismados-, útil y ameno. La filosofía es el coche-escoba de pensamientos sintéticos y ejecutables, que los formula comúnmente cualquier persona con un mínimo de sindéresis. Que individuos desvalidos consagren toda una vida a monumentalizar sus ángulos obtusos de comprensión para encajar mejor en la sociedad de los aptos me parece un despropósito grave, porque acaba convirtiéndose en una herramienta de dominación por puro empuje orgánico, más que por destrezas de los pensadores.
Quien escribió el trabajo de que hablo no se dedica mayormente al trenzado especulativo, pero permea los vicios inherentes al mismo, y nos deja una redacción que, siendo primera y única en su especie, debería despertar el apetito por saber más antes que tercerizar sus razones en unos señoros tenidos por eminencias pero de los que nadie se acordará en pocas décadas.
Por otra parte, al terminar su lectura me queda una orfandad inconsolable; en sus pesquisas por definir el uso de su cuerpo y su lugar en la tradición como intérprete o creadora, mantienen en vilo al lector, se aprecia una tarea ruda y refrescante de desgarrarse para dar muerte a ese malestar que solo los muy advertidos saben mirar a los ojos. Esa fuerza no se encuentra al modo en que uno alarga el brazo y ya está, no. Por eso puedo afirmar que vivo felizmente reconciliado con este libro.
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