Caos predecible

23 de Octubre del 2026 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

Las catástrofes climáticas y las revueltas callejeras actuales eran perfectamente previsibles. El crecimiento perpetuo que exige el sistema económico, sobrepasando los límites de la racionalidad, es la causa directa de que la biosfera nos amenace hoy con su calentamiento. Mientras el cambio climático golpea con dureza a la población, la automatización desbocada (robótica e inteligencia artificial) precariza el empleo y excluye a las mayorías de la redistribución de la riqueza. Todo esto ya fue advertido en su momento. Donella Meadows, en su informe al Club de Roma "Los límites del crecimiento" (1972), anticipó el colapso ecológico; mientras que Adam Schaff, en "Microelectrónica y sociedad: para bien o para mal" (1982), predijo una sociedad desbordada por la automatización.

No podemos esperar que el mercado autorregule los desastres climáticos que hoy encadenan una dana detrás de otra. Si tras las "gotas frías" de hace cincuenta años fuimos incapaces de prohibir la edificación en zonas inundables, fue porque tal restricción chocaba contra los intereses del libre mercado. El mercado de la vivienda es también el principal detonante de unos disturbios juveniles que evidencian la precariedad generalizada. Esta situación es el resultado de una costosa mercantilización de necesidades básicas como la vivienda, la educación o la sanidad. Ante este panorama, resulta peligroso para la sociedad que la defensa de tales derechos sea capitalizada por líderes que polarizan el debate con retóricas sectarias. Este fenómeno genera un escenario donde masas de ultraizquierda, adoptando comportamientos idénticos a las de ultraderecha, se enfrentan en las calles.

En dichas masas, tal como describió Hannah Arendt, el sujeto abdica de su juicio crítico, abraza la propaganda colectiva y externaliza su moral en la figura de un líder, convirtiéndose en una pieza más del engranaje totalitario. Las redes sociales operan como amplificadores de estos extremos, los cuales se alejan de las verdaderas políticas de igualdad y equidad para refugiarse en igualitarismos identitarios que forman bloques cerrados.

Para evitar que se repita el trágico colapso de hace un siglo durante el fin de la República de Weimar (1929-1933) en Alemania, cuando las calles se transformaron en campos de batalla diarios entre las SA nazis (Camisas Pardas) y el Frente Rojo comunista, abonando el terreno para el ascenso de Hitler, es imperativo retornar a una política comprometida con la redistribución de la riqueza. Es urgente desmercantilizar la salud, la educación y la vivienda para que, junto con la protección del medio ambiente, sean todas consideradas bienes comunes prioritarios para la sociedad y la humanidad. De lo contrario, ya lo saben: la Historia no es que sea cíclica, es que es sinusoidal.

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