Día de Premios
El despertador suena temprano, pero no estoy cansado. Son las 6:30 del viernes 23 de octubre, y hoy mi ciudad va a estar en el foco. Hoy se entregan los premios "Princesa de Asturias", y tengo un bus a las 8:15 desde la Estación Sur de Madrid hasta Oviedo. Abro los ojos en mi habitación de Getafe, y rápidamente, como hago a diario, enciendo el pequeño transistor que reposa al lado de la cama.
Cualquier ápice de sueño que me podía quedar se disipa por completo al escuchar la voz de Rafa Latorre hablando sobre los Premios, y con un enfoque que yo nunca antes había escuchado en los medios nacionales: alude el locutor de Onda Cero al orgullo que los ovetenses sentimos por estos galardones, y añade que el resto del país se suma a nuestro sentimiento. ¡Cuánta razón! Imagínense la ilusión que me hace escuchar eso en el programa radiofónico que escucho cada mañana.
Como carbayón enamorado de mi ciudad y, desde muy pequeño, de los Premios, siempre los he sentido como míos, como si yo fuera quien los entregara cada año en el Campoamor, o como si yo fuera el anfitrión de los siempre excelentes premiados cada mes de octubre en el Reconquista.
De vez en cuando me gusta preguntar a la gente de fuera de Asturias con la que coincido si conocen los "Princesa de Asturias". Todos me dicen que sí, cosa que me produce, al mismo tiempo, ilusión y sorpresa. Ilusión, porque siento que somos importantes; y sorpresa, porque la eterna infravaloración que a menudo tenemos hacia lo propio me conduce a extrañarme cuando los de fuera nos conocen. Me es inevitable ese injusto pensamiento.
Escucho la radio mientras desayuno, y salgo de la habitación rumbo a Las Margaritas, la estación de tren que más cerca tengo. Lo hago con el transistor en el bolsillo y unos cascos del Alsa conectados a él, con los que preveo escuchar el programa en mi trayecto hacia la estación. Me apetece mucho. Pero no camino ni dos minutos cuando la radio se queda sin carga y se apaga la voz de quien me habla al otro lado de las ondas. Estoy a punto de enfadarme, pero elijo no hacerlo y pensar que son todavía las siete de la mañana. No son horas para ponerse de espaldas a la vida, menos aún siendo viernes y siendo el día de los Premios.
Eso sí, tengo alternativa. Saco mis auriculares inalámbricos y me pongo la radio en el móvil. Me subo al tren, aunque en la próxima parada debo bajarme para hacer transbordo en Villaverde Alto. Ahí cogeré otra línea que me llevará a la estación de autobuses. Me bajo en Villaverde, espero unos minutos y llega el segundo tren, lleno hasta la bandera y con la gente apelotonada y de pie como si del metro se tratara.
Aunque ya está a más no poder, al vagón van entrando cada vez más personas en las tres estaciones que preceden a aquella a la que yo me dirijo. Algunas se bajan, pero pocas. Puente Alcocer, más gente. Orcasitas, más gente. Doce de Octubre, más gente. Y, mientras tanto, ahí estoy yo, retrocediendo cada vez más, con la mochila entre las piernas para ocupar el menor hueco posible, y sin la posibilidad de agarrarme a los asideros durante la mayor parte del viaje. No hay hueco. Pero, bueno, si pierdo el equilibrio, creo, me sujetaría la masa, así que no hay problema.
Me fijo en las caras de la gente y veo una mezcla de sueño, hartazgo y resignación. Escucho de fondo algunas discusiones entre viajeros que se increpan. Soberbia y orgullo. «¡Anímense, que es viernes!», pienso. «¡Y hoy son los Premios!». Pero, claro, cada persona alberga un mundo distinto, y mi felicidad seguramente resulte extraña en este vagón poblado de personas que, día tras día, amanecer tras amanecer, tienen que subirse al Cercanías y aguantar un trayecto en el que no hay espacio ni para respirar ni para moverse. Me apiado de ellos, no les juzgo. Qué suerte tenemos los que vamos andando o tenemos un recorrido plácido cada mañana para ir a clase o al trabajo.
Y en todo ello pienso cuando bajo a las dársenas y me subo al bus que me llevará a la ciudad que hoy es protagonista de una fantástica fiesta del conocimiento y el talento. Mi ciudad.
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