Dos pantallas, dos realidades
Estos días, viendo "El castillo", una serie de una plataforma, he vuelto mentalmente a un club de alterne que visité hace tiempo como funcionario. La serie retrata una realidad de la que, durante unas horas, fui testigo y, en cierta medida, partícipe. Y me ha recordado algo que entonces sentí con especial crudeza: la profunda hipocresía con la que nuestra sociedad aborda determinadas miserias.
Nos tranquiliza la fotografía de una intervención policial. El titular es sencillo: «Inspección y Policía intervienen en un club con veinte mujeres en situación irregular y sin alta en la Seguridad Social». La noticia dura un día. La conciencia, quizá, unos minutos. Podemos felicitarnos: las instituciones funcionan.
Pero detrás de esa fotografía hay mucho más.
Hay redes que comienzan a miles de kilómetros, en países de origen donde la necesidad facilita la explotación. Hay pisos, intermediarios y mecanismos de sometimiento que difícilmente se desmantelan entrando en el último eslabón de la cadena: el club donde esas mujeres terminan expuestas como mercancía.
Y hay también un empleado público, como lo fui yo, preguntando por horarios, copas y comisiones. Preguntando por una actividad accesoria mientras la realidad más evidente permanece fuera del alcance de sus preguntas. Recuerdo que, al plantear la cuestión de la prostitución, recibí una respuesta tajante: «Eso no es relevante».
Y quizá, desde la estrechez del expediente administrativo, no lo fuera. Pero ¿cómo no iba a serlo para quienes estábamos allí?
El resultado podía traducirse en sanciones administrativas, altas en la Seguridad Social bajo la categoría de relaciones públicas y multas por extranjería que, en ocasiones, ni siquiera llegan a cobrarse porque las sociedades responsables desaparecen y reaparecen bajo otro nombre. Todo aparentemente ordenado. Todo profundamente insuficiente.
Pero lo que más recuerdo de aquella visita no son las irregularidades, las declaraciones ni los documentos.
Tengo una sobrina de 4 años cuya fotografía llevo en la pantalla de mi teléfono. Como no uso reloj, consulto habitualmente el móvil para comprobar la hora durante mis actuaciones. Aquella noche, mientras preguntaba a las mujeres por su supuesta actividad como comisionistas de copas, ellas también buscaban sus teléfonos para localizar algún documento de identidad. Y, antes de desbloquearlos, aparecían en sus pantallas fotografías de niños, familiares, seres queridos. A veces, niños de la edad de mi sobrina.
Dos personas frente a frente. Dos teléfonos. Dos fotografías familiares. Dos vidas radicalmente distintas.
Yo podía regresar a casa, abrazar a los míos y continuar con mi vida. Ellas permanecían allí, en una realidad de la que apenas conocía nada y sobre la que mi intervención difícilmente iba a cambiar gran cosa.
Aquella noche comprendí que no basta con entrar en un club, identificar a veinte mujeres y levantar unas cuantas actas para afirmar que estamos combatiendo la explotación. Porque detrás de cada expediente hay una persona. Y detrás de cada persona, una vida que no cabe en ninguna fotografía de prensa.
La verdadera hipocresía no consiste en ignorar que todo esto sucede. Consiste en saberlo, mirar hacia otro lado y felicitarnos por haber hecho algo cuando, en realidad, solo hemos conseguido tranquilizar nuestras conciencias.
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