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Premios "Princesa de Asturias"

25 de Octubre del 2026 - Carlos Muñiz Cueto (Gijón)

El verdadero fin de la educación es provocar y recibir el placer de enseñar y de aprender: un objetivo que, en realidad, debería aplicarse a cualquier oficio. Está demostrado que las naciones más prósperas deben su fortuna a una excelente formación previa; y, dentro de ese club de ricos, los que más despuntan, son aquellos que han tenido los niveles más altos en Filosofía e Historia. Cualquiera pensaría que el secreto reside en las ingenierías, pero no: cuando una ingeniería mediocre confluye con una alta densidad social de Filosofía e Historia, el resultado es una combinación excelente de placer y prosperidad. No podemos conformarnos con menos que lo sublime; en eso consisten, precisamente, los premios "Princesa de Asturias".

Las capacidades para aprender y enseñar no entienden de patrimonios, pero sí del placer de sentirse a gusto. Si mercantilizamos las aulas creyendo que el dios del mercado todo lo regula, nos equivocamos de la forma más que molesta. Lo esencial siguen siendo las personas y su motivación, su esfuerzo, sus conocimientos y su experiencia previa. Pero al privatizar la educación impedimos que una gran masa social acceda al aprendizaje y nos alejemos así del placer de la prosperidad. Por su parte, el docente con cargas familiares, pensando en el futuro de sus hijos, concentrará su energía en cazar la plaza mejor remunerada y no en el placer de enseñar. Habrá quien argumente que así su remuneración estimula su motivación, su esfuerzo y su experiencia; y sin duda será así, pero se destruye la ética y el puro placer de educar al anteponer el fajo de billetes. También dirán que la enseñanza privada ofrece becas y mecenazgos para abrir camino a las mentes prometedoras. Sin embargo, eso equivale a seleccionarnos como a ganado selecto para mejorar el rendimiento de la explotación; y, desde luego, se trata de eso. No niego una educación privada que pretenda desmercantilizarse mediante el criterio de sus mecenas. Pero seamos claros: si un país desea prosperar y legar un futuro digno, debe invertir en una educación pública y universal. Se debe garantizar el derecho a estudiar a todo aquel que demuestre motivación, capacidad de esfuerzo y los conocimientos previos requeridos. Es decir: el ganadero que selecciona para mejorar la raza debe ser el Estado.

Por supuesto, siempre nos queda la legítima opción de suicidarnos colectivamente en nombre de la libertad del mercado. Pero podríamos arrepentirnos mientras caemos por al abismo, y entonces ya sería demasiado tarde para nuestro espatarrado futuro, cuando, estrellado de bruces contra el fondo de la ignorancia, ya no pudiese levantarse.

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