El músculo jovial de la ultraderecha
El presidente del Gobierno convocó elecciones para -al margen de su empeño vegetativo en aferrarse al cargo- frenar a la ultraderecha. De emprender seriamente su proclamada cruzada política, tendría mucho trabajo por delante; tanto que hipotecaría el desarrollo de varias legislaturas, sujetos de derecho estos a los que se supeditan las generaciones humanas. Saquen sus propias conclusiones. La fuerza percibida como antagónica de los valores progresistas prescritos sencillamente conoce una formulación tibia en los foros parlamentarios y en las comisiones ejecutivas de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas. Lo reactivo de verdad, todo eso a lo que los partidos derechos dan una expresión torpe, hace tiempo que ha tomado un cariz popular, principio activo este que tanto gustaría a los otros en sus ensoñaciones de viejas comunas callejeras. Ya no hace falta que los malos ganen en las urnas, porque no: ya han ganado la vida cotidiana. ¿En qué sentido? Hoy es muy difícil ir a cuerpo gentil a cualquier parte sin sentir que alguien te va a devolver una respuesta brusca o frontalmente hostil. Nos habla de una jerarquización multicortical, como una especie de acracia piramidal. No hay estructura de Estado, pero todo se mueve a impulso del peor darwinismo posible, que ya sabemos qué tipos de individuos lo manejan mejor que otros, y con capacidad de integrar sus actos en un diasistema complejo.
Leo aterrado los datos del PIB; hay muy pocos sectores de actividad que sumen puntos. Nos enfrentamos a un páramo productivo, comido de economía consentida (yo no hablaría de «sumergida» o «negra/o»). Sumando los abusos derivados de empresas sujetas a regulación -y de mayor trazabilidad punible-, hay un limbo societario y fiscal que determina una conciencia, una forma de estar en el mundo que nos perjudica a los más débiles, que no disfrutamos con exaltaciones espontáneas a la violencia gratuita, a velocidades impensadas por los futuristas ni a la «giovinezza», en suma. Hay unos círculos de negocio que activan el opacamiento de los espacios que eran comunes en su precariedad manifiesta, y que se ludifican como el living espacioso en que un gato tonifica sus tropismos de caza con cualquier objeto a su paso. También crecen los grupos de personas que se reconocen en torno a afinidades sanas, para alimentar células ocasionales de convivencia respirable, pero el ritmo de crecimiento aún es lento. Más se percibe un repliegue de la gente a la paz de su hogar. Tenemos una España de exiliados interiores sin precedentes y, en este caso, sin identificar con claridad al enemigo.
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