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Vituperio del beso

26 de Octubre del 2026 - José Pedro Sancho Martínez (Oviedo)

Hay besos que nacen del amor y besos que nacen de un guion, en el cine, por ejemplo. Los primeros pertenecen a la intimidad de dos personas; los segundos, cuando se exhiben como propaganda, pertenecen al escaparate de la política. Confundir unos con otros es, cuando menos, una triste manera de degradar lo que debería permanecer al margen de la representación pública.

Eso es lo que me ha producido el llamado «beso» que hemos contemplado entre el presidente del Gobierno y su pareja, presentado con apariencia de espontaneidad y convertido, sin embargo, en una imagen de evidente significado político. Incluso con un final extraño y displicente. Recuerda, a la inversa, el beso del cuento de Chéjov en el que la joven que besa al oficial artillero, en un cuarto en penumbra, retira su cara con una expresión de desagrado.

El beso, cuando es verdadero, es una de las expresiones más hermosas del afecto humano. No necesita cámaras, asesores de imagen ni consignas. No busca aplausos ni votos. Sencillamente, sucede cuando dos personas que se quieren sienten la necesidad de expresarlo.

Por eso resulta chocante convertirlo en un recurso propagandístico.

Y más chocante aún cuando quien lo protagoniza ha hecho de la política de la imagen, del relato y de la permanente escenificación una de sus principales armas. En un entorno político donde la verdad parece haberse convertido en una mercancía de escaso valor, hasta el beso corre el riesgo de ser utilizado como atrezo.

No pretendo entrar en la intimidad de nadie, ni mucho menos decir a una autoridad del Estado cómo debe querer o mostrar su afecto. Eso pertenece exclusivamente a cada persona. Pero, cuando la intimidad se exhibe deliberadamente ante millones de ciudadanos, deja de ser solamente intimidad y se convierte también en mensaje.

Y, entonces, cabe preguntarse: ¿qué se pretende transmitir? Porque un beso de amor no necesita explicación. El verdadero habla por sí mismo. Tiene algo de misterio, de entrega y, en sus momentos más elevados, casi de sagrado. Es una de las manifestaciones de esa maravillosa capacidad que Dios concedió al hombre y a la mujer para amarse y participar en el misterio de la vida. ¡Casi nada!

Precisamente por eso cuesta aceptar que algo tan noble pueda terminar reducido a una pieza más de comunicación política.

Que los políticos hagan propaganda de sus obras, de sus proyectos o de sus ideas, aunque a veces tengamos que soportarla. Pero que nos dejen, al menos, los besos. Los besos de verdad no necesitan partido, eslogan ni fotógrafo.

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