Rodrigo Díez de Vivar: heredar un apellido, recuperar una historia
Con motivo del Día de Todos los Santos, algunos nombres parecen reclamar una segunda lectura. En el cementerio de San Salvador, en Oviedo, hay una tumba que despierta la curiosidad de quienes reparan en ella y que también ha sido mencionada en artículos de colaboradores de LA NUEVA ESPAÑA: la de mi bisabuelo, Rodrigo Díez de Vivar, industrial encuadernador oriundo de Burgos.
Nacer en tierras cidianas y llamarse así en el siglo XIX era portar un nombre inevitablemente cargado de simbolismo histórico. Mi antepasado no debe confundirse con el personaje que lo hizo célebre. Su vida está vinculada a un linaje artesanal e industrial que tuvo en los libros, la imprenta, la encuadernación y la cultura sus principales protagonistas, contribuyendo a la conservación y difusión del conocimiento en una sociedad en transformación.
Este relato va más allá de su actividad profesional. Como sucede tantas veces al reconstruir una trayectoria vital, también hubo en su biografía una historia de amor y de desencuentro familiar que marcó su destino. Su matrimonio, contrario a las normas sociales de la época, propició su destierro de Burgos y el comienzo de una nueva etapa lejos de su tierra natal. Finalmente, encontró su propio norte en Asturias. Allí, el burgalés y la familia que había formado encontraron su hogar durante décadas, hasta su repentino fallecimiento.
La prensa asturiana de la época dejó constancia de sus exequias fúnebres, despidiendo al continuador de un linaje vinculado a la cultura: «El acto constituyó una sentida manifestación de duelo, prueba de los generales aprecios con que contaba el finado».
La Epopeya de Gilgamesh plantea una pregunta que sigue acompañándonos: ¿qué permanece de nosotros cuando nuestra vida termina? Tal vez la respuesta sea lo que transmitimos a quienes vienen después, en los conocimientos que preservamos y en las historias que nos negamos a dejar desaparecer.
Firmo estas líneas en homenaje a mi bisabuelo, en estas fechas tan señaladas y en el 95.º aniversario de su fallecimiento. Como historiadora, soy consciente de que heredar unos apellidos es también heredar un compromiso con la memoria familiar. En mi caso, he decidido conocer, investigar y recuperar los casi veinte mil días andados de Rodrigo Díez de Vivar entre dos siglos. Este relato es tan solo el principio.
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