Grande y libre
No somos un país grande y libre por casualidad ni por ser fanfarrones que lo cimentaron sobre palabras, dinero o poder si no por valores que nos permiten hundirnos intentando salvar a quien alguna vez nos mantuvo a flote. Quien estuvo ahí mientras día tras día cientos de ciudadanos perdían sus vidas por el covid o cuando un volcán las arrasaba y, en vez de decidir retirarse a disfrutar de un sueldo vitalicio de unos 80.000 euros anuales o, en su caso, de un trabajo bien remunerado que, con 130.000 euros, dos personas a su servicio, coche oficial y viajes gratis en transportes públicos... que garantizarían su futuro, se presenta de nuevo a unas elecciones en donde se decide el nuestro, no merece un monumento pues simplemente cumple con su deber, pero tampoco merece que le llamen perro o "me gusta la fruta". En política es elegante respetar y vital saber tomar decisiones independientemente de que estas sean buenas o malas, pues eso significa que ante una catástrofe dispondremos al menos de una oportunidad, pero si no saben, como en la dana de Valencia, no tendremos ninguna. España es un país curtido en mil batallas que no necesita ya de adoctrinamientos televisados que nos adviertan de los peligros, sino de elecciones en las que poder elegir quién estará ahí cuando lleguen los peligros.
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