Ecos del esfuerzo
Hay muchas cosas que caben en un tarro de dulce de manzana.
La llegada del otoño significa poder disfrutar del dulce casero que hace mi abuela, con las manzanas que nosotros recogemos y que ella luego revisa y escoge minuciosamente. En esa textura densa no solo hay azúcar, manzanas y cariño, sino que es el refugio de la memoria, el respeto hacia lo que la tierra nos ofrece y la calidez de un hogar que se ha erguido a base de constancia, esfuerzo y amor. Pero esta vez ese sabor tan característico queda eclipsado por una leve punzada amarga y repentina: estoy siendo consciente de la inmensa fragilidad que sostiene este instante. Ahí abajo, muy en el fondo, se esconde una pérdida paulatina y silenciosa, pero implacable.
Caminar hoy por mi pueblo, y quizás me atrevería a decir que por la gran mayoría de pueblos asturianos, es asomarse irremediablemente a un paisaje que se deshilacha y desdibuja. Darse cuenta de cómo en muchos casos el matorral va ganando terreno en hectáreas que costaron vidas enteras de trabajo físico, y cómo el mapa productivo familiar se estrecha o se desvía, genera un dolor que va mucho más allá de la nostalgia. Diría que tampoco es una cuestión cuantitativa, sino más bien un borrado gradual del patrimonio terrenal levantado por generaciones anteriores.
A esta erosión del paisaje se suma, inevitablemente, lo que yo percibo como la agonía de una llingua viva. No me refiero a esa versión académica que desde las instituciones se normaliza de forma artificial, sino al habla más genuina, orgánica y llena de matices que nace de la cotidianeidad rural. Todo esto me ha llevado también a pensar en que con la partida de los más mayores no solo perdemos a quienes más queremos, sino también un diccionario vivo, un archivo oral, identitario y afectivo, y una forma de nombrar el mundo que nunca nadie más sabrá articular de la misma manera.
Ahora me hallo aquí con el dulce de manzana atravesado, mirando a los ojos al abandono de la tierra y contemplando el desvanecimiento de su palabra. Podría parecer que exagero, pero asistimos en los últimos años a una revalorización performática total de lo rural que, ahondando, no es más que un fetiche folclórico para servir al turista. Me duele ver el medio rural como un parque temático hecho a la medida del visitante que busca consumo rápido de autenticidad. No quisiera reducir las vidas de tanta gente a esta mirada de escaparate que las despoja de su dignidad, sustituyendo la consciencia real de las llagas de sus manos por un decorado vacío.
Ante este panorama donde convergen abandono y escenografía, se me hace complicado canalizar la rabia que me ha llevado a sentarme y escribir, por lo que subrayaré que no es mi intención lanzar un lamento pasivo ni transitar una resignación melancólica. Este texto nace precisamente de la urgencia de ordenar un torbellino de sentimientos encontrados y articular una postura crítica que trascienda el duelo. La decadencia de nuestras raíces no es un destino inevitable al que debamos asistir sin más, por lo que creo que para combatir la extinción de este legado no basta con recordar o exhibir. La única respuesta honesta frente a la mercantilización y el olvido pasa por la acción directa de habitar la tierra, hacer todo lo posible por recuperar oficios tradicionales, y defender un modo de vida que merece ser vivido con la verdad que lo sostiene.
Las manos de mi abuelo son fuertes. Se han deformado con la gracia de las primeras ramas del árbol más grande del bosque, que ha crecido abriéndose paso con su ayuda. En ellas hay historias que solo suenan veraces si es él quien las narra. Hoy están cansadas, pero además no encontrarán el mismo relevo. El ritmo de la vida actual nos desplaza a los más jóvenes hacia otros escenarios y se va quebrando toda una estructura genealógica. Este desplazamiento no es un simple cambio de domicilio, sino una brecha. El legado físico familiar no se sostiene solo; exige una presencia constante y un aprendizaje que no está escrito en libros de teoría. La base es observar y emular el gesto del mayor, pero cuando este hilo se corta y las nuevas generaciones miramos hacia otros intereses, quizás obligados por la inercia de esta época, su dramática inmediatez y el amplio abanico de opciones, la tierra queda desprovista de su única defensa real: el cuerpo que la habita.
La consecuencia de esta ausencia es un colapso silencioso pero mortal. Las hectáreas y los pueblos que antaño se mantenían bajo cuidados efectivos, sufren hoy una progresiva asfixia. El paisaje asturiano, que nunca ha sido un entorno salvaje, sino más bien una arquitectura natural tallada por esas manos que le dieron forma, cede el paso al matorral invasor: ese que crece del suelo y ese que viene de visita. Los árboles viejos mueren sin injertos jóvenes y el terreno se convierte en una explanada inerte. Quizás esto que parece un simple proceso de modernización es en realidad una demolición involuntaria de nuestro patrimonio. La tierra, igual que la memoria, nos demuestra que puede acabar apagándose bajo el peso del olvido.
El silencio, más allá de ocupar un espacio físico muy concreto, se extiende y se entiende también cuando nuestra forma de nombrar el mundo cambia. Y es aquí, en medio de este vacío, cuando a la contradicción le salen aristas y nos hace sangrar: el habla genuina de nuestra historia se convierte en un eco cada vez más lejano, mientras que desde los despachos y academias se nos pretende hacer llegar una versión higienizada y encorsetada del lenguaje, pasándolo por un embudo plástico y en su mayoría nada orgánico. A mis generaciones anteriores les resulta extraño; notan que esto padece una desconexión radical total. No hay barro en las sílabas ni sudor en los fonemas porque ha sido totalmente despojado de su calidez popular y de su flexibilidad, detalles que lo hacían vibrante y natural. Diría que no entienden cómo se puede pretender salvar todo un patrimonio lingüístico sustituyendo la voz de los pueblos (su origen), por una plantilla burocrática que más que un rescate lo que parece ejercer es una soberbia institucional que corre el riesgo de convertir toda nuestra cultura e historia en algo sin un trasfondo real. Al separar la palabra de la tierra que la engendró de manera involuntaria como ya he mencionado anteriormente, lo que nos queda es una pieza de museo dentro de una vitrina fría, reducida a un mero atrezo. Y esto duele también en lo más profundo porque nuestra esencia siempre ha sido la grandeza de la palabra autenticidad.
Asumo que hoy en día nos enfrentamos a dos gigantes opresivos: el abandono material de nuestro legado y la consecuente burocratización de la palabra. Ante esto lo más tentativo sería la resignación de asumir que el futuro es inminente y lo hemos convertido en una apisonadora, y que a los pueblos solo les aguarda existir en una postal muda principalmente diseñada para el consumo ajeno. Aceptar esto sería el equivalente a traicionar la memoria de quienes hicieron brotar el suelo que pisamos. La verdadera resistencia frente a la ruina actual no tiene cabida en el lamento, sino en la decisión consciente de volver a ocupar nuestra tierra. Salvarla exige esfuerzo; el mismo que hemos ignorado durante tantos años creyendo que ya estaba todo hecho. Tampoco se trata de fosilizar el pasado ni de oponerse al avance de los tiempos por capricho estético, sino de reconocer que hay saberes insustituibles. Volver a cuidar, sostener y defender lo que nos fue cedido con amor, para que lo auténtico brote de los árboles y de las gargantas.
Al final la continuidad depende de la voluntad colectiva para mantener vivo lo propio. Tenemos en nuestras manos la inmensa y urgente tarea de asegurarnos de que el eco de aquel esfuerzo no se desvanezca.
Enraizar y seguir germinando es el objetivo.
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