Era otro tren
Hace ya tiempo los trenes en España eran muy distintos. La mayoría de madera. Podías bajar la ventanilla. Incluso podías fumar un cigarrito y apagarlo en el cenicero del asiento. En ellos podías llevar casi todo, pollos, conejos, maletas, vino..., y el restaurante era el mismo asiento donde con una navaja cortabas pedazos de queso y repartías generosamente a todos. Algunos sacaban una guitarra y se animaban a cantar. Otros quedaban hipnotizados mirando por la ventana mientras esperaban excitados y divertidos el encuentro con la persona más querida. Es cierto que no corrían tanto, ni llegaban antes. Pero llegaban. Y cuando llegaban era todo una fiesta. Ahora no es que se vaya mejor, es que no llegan. Dos accidentes tan graves en nueve meses no solo son un de problema de mantenimiento, o tal vez negligencia, o error humano. Particularmente pienso que es porque por más que corren no se llega antes. Y como hemos visto en Toledo, de nada vale viajar con tanta comodidad. Lo cierto es que la gente empieza a tenerle miedo al tren. No es para menos. Cómo echo de menos quedarme pegado la cabeza en la ventana, dormido plácidamente y escuchar la voz del revisor con un: su billete por favor.
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