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Nacer, crecer y reproducirse

30 de Octubre del 2026 - Lara María Suárez López (Oviedo)

Aprovechando que octubre fue el mes de la salud mental, creo que merece la pena una breve reflexión sobre los cambios que ocurren en la etapa reproductiva, particularmente en las mujeres, dejando a un lado el automatismo que encierra el esquema de "nacer, crecer y reproducirse" con el que aprendimos a resumir nuestro ciclo de vida.

En términos biológicos, mujeres y hombres desempeñan papeles distintos que, sin embargo, se complementan para dar lugar a una nueva vida. Las diferencias empiezan incluso antes de existir, en las propias células reproductoras: mientras el hombre tiene una capacidad fértil enorme y prolongada en el tiempo, la mujer cuenta con unos límites y unas posibilidades a los que adaptarse si decide tener descendencia.

Durante la mayor parte de su vida, la salud mental de la mujer está estrechamente ligada a cambios hormonales que afectan tanto al cuerpo como a la mente. Y el proceso de convertirse en madre se caracteriza por una fluctuación hormonal especialmente intensa. Creo firmemente que el instinto y el conocimiento científico no compiten; es en ese binomio donde debemos centrar nuestra atención, puesto que muchas veces uno tiene las respuestas que le faltan al otro.

Sin quererlo, antes incluso de la concepción, la mujer ya está inmersa en múltiples debates y cuestionamientos, algunos de los cuales se extenderán hasta después de los primeros meses de vida del bebé: que si es muy pronto, que si es muy tarde, que si tiene muchas cosas que vivir antes de ser madre, que si ya tiene la edad oportuna, que si es demasiado mayor, que si puede permitírselo económicamente, que si su pareja está en el mismo momento vital, que si es imprescindible tener pareja, que si es mejor hacerlo sola... Un sinfín de dudas que nos alejan de lo esencial de convertirse en "Mamá".

Una de las mayores preocupaciones de una mujer embarazada es proteger al máximo a su bebé. Antes de que nazca, se pasa la mayor parte del tiempo pensando en él. Sin embargo, una vez el bebé está seguro en el confort de su hogar, la mujer vuelve a pensar en sí misma y a recuperar el temor sobre su salud, algo que llevaba nueve meses en segundo plano. Es una respuesta adaptativa y natural, necesaria para su supervivencia y la de su hijo: cuidarse para poder cuidarle.

En esas primeras semanas, la lactancia se convierte en una de las cuestiones centrales. Es una experiencia distinta para cada mujer y, a menudo, viene marcada por las dudas, expectativas y opiniones ajenas.

Que la lactancia beneficie al bebé no debería convertirse en una obligación para la madre. La filósofa Fiona Woollard llama a esta confusión el "error del deber": la suposición de que, si algo es bueno para el hijo, la madre tiene el deber de hacerlo. Ese razonamiento, tan extendido, alimenta la culpa y la vergüenza de quienes no quieren o no pueden dar el pecho. La alternativa no es dejar de promover la lactancia, sino cambiar la forma de hacerlo. Un ensayo clínico realizado en Andalucía mostró que los grupos de apoyo dirigidos por matronas aumentaron la confianza de las madres, alargaron la lactancia y redujeron la depresión posparto. La diferencia está en acompañar, no en presionar.

Otra investigación sobre la lactancia sugiere que llegar al parto con expectativas más flexibles, abiertas por ejemplo a una lactancia mixta con leche materna y de fórmula, puede amortiguar el golpe emocional si la experiencia no sale como se esperaba. Además, prepararse para la lactancia no consiste en evitar que surjan problemas, sino en saber afrontarlos. Así lo sugiere un ensayo clínico publicado en 2023: un grupo de madres primerizas recibió formación sobre lactancia al final del embarazo y asesoramiento de enfermería tras el parto. Sorprendentemente, estas mujeres tuvieron las mismas dificultades para amamantar que las demás, pero se sentían más capaces de manejarlas y mostraron menos síntomas de depresión durante los seis meses siguientes. La clave no estaba en que todo saliera perfecto, sino en la confianza con la que vivían la experiencia.

Por todo ello, cuidar la salud mental de la madre durante la lactancia empieza antes del parto: ofrecerle información durante el embarazo, ayudarle a llegar con expectativas abiertas y recordarle que no dar lactancia exclusiva o pedir ayuda no es "fracasar". Ante el dolor o las dificultades, buscar apoyo pronto, en psicólogos, matronas, profesionales sanitarios o grupos de lactancia, marca la diferencia. Y a su alrededor, la madre necesita un entorno que la anime sin juzgarla y que respete sus decisiones, sean cuales sean. Nacer, crecer, reproducirse... y cuidarse. Porque cuidar a la madre también es cuidar al bebé.

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