16 muertos en Serbia, aquí ¿cuántos necesitamos?
Novi Sad es una ciudad serbia de la región de Voivodina. Al inicio de la guerra en la antigua Yugoslavia su nombre sonaba bastante porque allí se centraba el esfuerzo logístico serbio para el ataque a la asediada ciudad croata de Vukovar. Era 1992 y, durante el conflicto, la ciudad, llena de refugiados, derivó hacia una franca contestación al gobierno del carnicero Milosevic. No volveríamos a oír hablar de ella hasta los bombardeos de la OTAN, durante el conflicto de Kosovo -otro ejemplo de la ductilidad de las normas de derecho internacional-, que la dejaron casi aislada y sin puentes.
La tranquilidad que disfrutaba desde entonces saltó por los aires cuando el 1 de noviembre de 2024 la marquesina de hormigón de la estación ferroviaria se derrumbó súbitamente llevándose por delante la vida de 16 personas. Y la aparente tranquilidad del gobierno del señor Vucic, populista/nacionalista de izquierdas, pues la obra había sido adjudicada a una empresa china de dudosa profesionalidad y mediante oscuros acuerdos que rezumaban corrupción gubernamental, desapareció. Los estudiantes de la ciudad se echaron a la calle, y les siguieron los del resto del país; derivando en la creación de un partido político, La Lista de Estudiantes, que ha acabado con los 14 años de dominio absoluto de Alexander Vucic.
Hoy aquí, en España, lidiamos con otro accidente mortal en las ferrovías españolas, en la provincia de Toledo en esta ocasión, con muchos muertos cuando esto escribo, y después del sucedido en Adamuz hace apenas un año, y aún esperando las pertinentes explicaciones sobre las responsabilidades de aquel accidente. Muertos que se añaden a los que la dana se llevó por delante hace apenas dos años, y que tampoco cuenta por el momento con responsables directos, ni tampoco explicación sobre las carencias de la acción del Gobierno antes, durante y después de aquella catástrofe.
En tiempos también recientes, tanto que aún estamos lidiando con las afectaciones directas de suceso por parte de los ceutíes, sufrimos, sin aparente reacción gubernamental, la invasión, afortunadamente sin armas, de una ciudad española, sin que ello supusiera una sola dimisión, como tampoco la hubo tras aquel apagón, también huérfano de explicación, y que podemos calificar de histórico por su dimensión nacional y por su condición de único en nuestra memoria.
Comparen ustedes todo esto con lo sucedido en Novi Sad, en Serbia, y las repercusiones posteriores en aquel país, y traten de comprender cómo es posible que las encuestas sigan dando más de cien diputados al partido principal del Gobierno, el del doctor Sánchez. Yo lo intento, y mi única conclusión me viene de aquel viejo eslogan "Spain is different", pero en malo, en deficiente. Ye lo que hay.
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